Multivoluntad, voluntad amplia y voluntad perfecta – Soliloquios #16

Multivoluntad, voluntad amplia y voluntad perfecta

Me gustaría reflexionar en este soliloquio sobre la voluntad de Dios. ¿Sigue guiando el Señor como en los Hechos o como fue guiado Jesús? Dios es rey de nuestra vida y, al mismo tiempo, respeta nuestra voluntad o libertad de escoger. Sin embargo, ¿tiene una voluntad perfecta para cada uno de nosotros o debemos elegir entre múltiples opciones? ¿Hay un único camino para nosotros, trazado de antemano, o una amplitud de caminos que todos son igualmente bendecidos por el Señor?
Quiero tratar estas cuestiones poniendo en el foco de atención los grandes cruces de camino de la vida, en los que optar por una dirección u otra afecta claramente el futuro, y no centrarme tanto en las pequeñas decisiones del día a día, que son menos relevantes para nuestro destino.
Por ejemplo, la decisión del matrimonio. He escuchado posturas dispares a la hora de plantear la toma de decisión de elegir pareja. ¿Qué le voy a enseñar a mis hijos, a mis nietos o a los jóvenes que pastoreo? Es importante para mí y para ellos responder a esta pregunta, porque “tal el pensamiento del hombre, así es el hombre” (Proverbios 23:7).
Normalmente vivimos como pensamos, por eso en Romanos 12:2 se nos exhorta a transformarnos “mediante la renovación de nuestra mente”. Solo así podremos verificar “la voluntad de Dios: lo que es bueno, aceptable y perfecto”.
¿Hay una voluntad de Dios perfecta, es decir, una pareja que Él tiene para cada uno de nosotros? ¿Hay una multivoluntad? ¿O una voluntad amplia? Trataré de resumir cada uno de estos paradigmas, para acabar diciendo por qué sigo creyendo en la existencia de una voluntad perfecta en todos los aspectos de la vida, incluido el formar un matrimonio.
La Multivoluntad
Esta visión, de reciente irrupción en el debate teológico presenta a un Dios que es tan grande y creativo que no ha dejado solo un camino (o voluntad específica) para cada ser humano; por el contrario, hay varios caminos y todos están bendecidos por el Señor; y el hombre puede decidir cuál de ellos tomar, e incluso probar varios de ellos.
Así como últimamente se está hablando de un multiverso, en lugar de un único universo, este planteamiento predica una multivoluntad en la que un hombre podría optar por distintos escenarios vocacionales o ministeriales o conyugales; y lo más probable es que Dios lo va a bendecir en cualquiera de las opciones, siempre y cuando haya unos mínimos de coherencia bíblica y temor de Dios.Siendo más concretos y analizando la decisión del matrimonio, la multivoluntad vendría a decir algo así: “Dios no va a escoger por ti. ¡Tú tienes que usar sabiduría y prudencia y tomar tus decisiones! La elección de tu matrimonio no es el problema de Dios”. 
De esta forma, si un joven de mi congregación o uno de mis hijos (sin ir más lejos) deciden ir a estudiar a un país, enamorarse de una chica cristiana, probar suerte empresarial o lanzar un ministerio, pueden tener la alegría y seguridad de que Dios bendecirá su decisión, tanto como otras diferentes. Lo podemos comparar con el Edén: un solo árbol del que no comer, y una multitud de árboles buenos para saborear y descubrir, bajo la bendición del Creador.
Esta cosmovisión  de la vida cristiana, a la que he bautizado con algo de atrevimiento multivoluntad (que me perdonen los señores de la RAE), choca frontalmente con el viejo adagio cristiano, que para muchos de nosotros es y ha sido piedra preciosa y fundamental de nuestra fe. Me refiero a eso que Jesús nos enseñó a decir en oración a nuestro Padre: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo” (Mateo 6:10).
La voluntad amplia de DiosEsta otra postura es más sencilla de entender: Dios nos ha dejado su voluntad revelada en las Sagradas Escrituras, nos ha dotado de una inteligencia y nos anima a buscar el consejo de la sabiduría, directamente en la Biblia y en nuestros consejeros, que pueden ser mentores, padres, pastores y maestros; y después usar nuestro libre albedrío para elegir el camino que debemos andar. Dios nos ayudará y bendecirá.
¿Qué pautas nos da esta postura de fe en cuanto a la decisión de casarnos? Nos dice: “La elección es tuya y no de Dios”. ¿Por qué? Porque no existe tal cosa como ‘la persona elegida por Dios para ser tu pareja’. Por el contrario, a la hora de escoger marido o mujer tenemos un gran grupo de personas que cumplen las condiciones establecidas por Dios; y el joven o adulto debe elegir a su pareja según el precepto claro de la Biblia:  1) que sea de su misma fe; 2) que busque la aprobación de sus padres; 3) que sea de acuerdo a la ley de Dios (alguien soltero; de sexo contrario; mayor de edad; etc.)”. Si lo hace así puede contar con la bendición de Dios. 
Al tener una fe de grupo amplio, en lugar de una expectativa de que hay una persona específica designada por Dios para cada hombre o mujer, se resuelve el dilema de qué pasaría si uno de los dos se equivoca en la decisión. Evidentemente, habrá otro hijo o hija de Dios que reúne las condiciones que son prescritas por la Biblia, con la que enamorarse y formar un matrimonio cristiano.
En el caso de la multivoluntad y de la voluntad amplia de Dios no sería necesario consultar al Señor o esperar que nos muestre su voluntad. Lo que Dios tenía que decir en cuanto a la formación de un nuevo matrimonio ya está dicho: consulta a tus padres y pastores (o mentores); que sea una persona cristiana practicante; que os gustéis y seáis compatibles; y la bendición del Cielo está garantizada.
La voluntad perfecta de Dios
Yo también creo en todas esas pautas y consejos para elegir bien, pero estoy convencido aún (mi conciencia así me da testimonio) de que dentro de ese grupo amplio que cumpliría los requisitos y que a mí y a mis autoridades nos podrían gustar, existe una mujer preparada para cada hombre y un hombre para cada mujer.  La mujer que era la preparada o diseñada para Juan Carlos Parra Valero, en mi caso, era Vanessa Vergara Contreras. En fin, para la decisión del matrimonio soy de los que creen en una voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta (Romanos 12:2).
Lo creo para todas las áreas de mi vida: vocación; residencia; servicio ministerial; emprendimientos; la compra de un vehículo; el alquilar una casa; etc. ¡Cuánto más para formar mi matrimonio y familia! Por eso, lo de consultar al Señor es parte de mi práctica y de mi enseñanza.
Las líneas que siguen estarán centradas en explicar brevemente por qué creo en lo de buscar la voluntad perfecta de Dios para todo (aunque nos podamos equivocar en el intento, como humanos falibles que somos); y, por último, pretendo responder a ese caso hipotético de que una pareja diseñada por Dios no se acabe casando porque uno de los dos elija mal y produzca un daño colateral.
La voluntad perfecta de Dios: ¿Por qué creo en ella?
El modelo de conducta, el Maestro de vida, el ejemplo en todo, es Jesús. Nuestro Señor buscó siempre la voluntad del Padre. Cuando tuvo que escoger a sus discípulos (los doce) buscó el rostro de su Padre con tenacidad para acertar, incluso al designar a Judas (Lucas 6:12). Hacer siempre lo que agradaba al Cielo y hacer la voluntad de su Padre era su pan diario; su comida principal (Juan 4:34).
No solo se movía en la voluntad del Padre, sino que también buscaba estar en el Kairós de Dios. Su tiempo no era ‘siempre’ (Juan 7:6); era el tiempo del reloj celestial. Sus obras y palabras no eran suyas, eran las que el Espíritu le daba para hacer y para hablar (Juan 14:10). Cuando dijo, Padre mío, si esta no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad” (Mateo 26:42), nos estaba dejando claro que aunque en su humanidad él podía decidir hacer otra cosa, sin embargo rendía su voluntad a la del Padre. 
A Jesús nadie le quitaba la vida. Dios respeta la voluntad de todos. También Jesús Hombre, como segundo Adán, tuvo que escoger muchas veces entre los caminos que le apetecían o que le ofrecía el mundo o hacer la voluntad de su Padre. Él dijo, nadie me quita la vida (nadie me obliga) sino que de mi propia voluntad yo la doy (Juan 10:18).
Somos imitadores de Cristo, y es necesario que siempre nos hagamos esta pregunta: ¿Cómo lo haría Jesús? ¿Qué hubiese hecho Jesús en mi lugar? … Si Jesús, dentro de su paso por la Tierra, hubiese tenido que casarse (me pregunto): ¿Hubiese elegido por él mismo o con la dirección del Espíritu Santo?
Y no quiero parecer demasiado elevado. Yo también creo en el amor y en la atracción y en todos los factores humanos antes mencionados. Sin embargo, si buscamos primeramente el reino de Dios (hacer la voluntad del Rey, como en el cielo también en la tierra) esas añadiduras vendrán, porque nuestro Padre sabe que son importantes y que las necesitamos. Él nos creó así. No hay contradicción entre su voluntad perfecta y elegir bien, por amor y con sentido común.
En definitiva, Jesús nos enseñó con su ejemplo y palabras que nosotros no debemos buscar las cosas de esta vida como los gentiles. Sino que busquemos primeramente (y continuamente, se puede leer en griego, Mateo 6:33) el reino de Dios y su justicia, y todo lo que necesitamos vendrá como añadidura. Esta será nuestra manera de afrontar cualquier necesidad: trabajo; formación; una iglesia; matrimonio; un ministerio; etc.
Buscar la voluntad perfecta del Señor, aquello que le agrada, debería ser la aspiración de todo siervo de Dios y discípulo de Jesucristo. Yo soy de los que creen que, en el reino, bajo su señorío, nos ceñimos y le preguntamos: “Y ahora, ¿qué manda mi Señor?” (Lucas 17: 7-10). Decimos como María, “hágase en mí conforme a tu palabra; he aquí tu sierva” (Lucas 1:38).
No solo observo ese ejemplo en Jesús. Me imagino a la iglesia de los Hechos buscando dirección de Dios. Creo que Pablo vivió bajo esa máxima y por eso escribió: “Los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8:14).

Volviendo al tema de casarnos con una persona u otra: “Señor”, podría decir un hombre temeroso de Dios, “aunque hay muchas cristianas que podrían ser agradables para mí, ¿cuál es la que Tú has preparado para ser mi compañera?”. Ese corazón agrada al Señor, porque la obediencia es mejor que los sacrificios y los holocaustos (1 Samuel 15:22).
Ahora bien, ¿qué sucede si la mujer del propósito o el hombre del propósito se equivocan? Porque Dios no obliga a nadie a que haga su voluntad. 
Simplemente, ese no es tu problema, sino el problema de Dios. Lo que Él te pide es que busques su reino y consultes con sinceridad para saber su voluntad; los errores de alguien que quizás yo creía que era la persona idónea no son el final de una historia. Dios ya sabía de antemano de esa equivocación y tiene provista junto con la prueba, la salida (1 Corintios 10:13). Nuestro Padre celestial es el único capaz de hacer que todas las cosas cooperen para bien, incluidos los errores humanos (Romanos 8:28).
Si yo apunto a hacer la voluntad perfecta de Dios, aunque me pueda equivocar, siempre seré honrado por mi Padre, porque al siervo o la sierva que dice “ya no vivo para mí… vivo para Ti” (Romanos 14:7-8, 2 Corintios 5:15) o “ya no vivo yo, Cristo vive en mí (Gálatas 2:20), el Señor lo acabará guiando a todo lo que es bueno, agradable y perfecto, para cumplir con su propósito en esa vida, a pesar de los errores de unos o de otros.
Hay una vocación para mí, y en ella me voy a sentir realizado. Y, por regla general, una pareja con la que enamorarnos y ser felices. Y un llamado específico, con obras preparadas por el Padre para nosotros, como lo fue para Jesús su Hijo (Efesios 2:10).
Al menos, eso voy a enseñar a mis hijos, nietos y a los jóvenes que me quieran escuchar:

– Dios tiene un compañero o compañera para ti;
– le dijo a Adán, le haré una ayuda idónea (la que le corresponde y su compañera) (Génesis 2:18);
– y si buscas sinceramente la voluntad del Señor, de dentro del “grupo de personas que cumplen las condiciones establecidas por Dios” un día despertarás y estará ahí;
– y te casarás con la convicción de que estás haciendo la perfecta voluntad de Dios, que para ti será buena y agradable.

El camino de las huellas de Jesús

Yo quiero que al final del camino mi Padre diga de mí también: “Este es mi hijo amado, en el que estoy complacido” (Mateo 3:17); y no que suceda esto otro: “Señor, Señor, en tu nombre…” (Mateo 7:22). En tu nombre me casé; funde una empresa; fui misionero en Birmania; me divorcié y me volví a casar; quise tener dos hijos y no más; construí una casa; pastoreé una iglesia; hice campañas… Y el Señor me diga: “Apártate de mí…” (Mateo 7:23).

Si somos salvos, hijos de Dios por la fe en Jesús, no nos dirá “apártate de Mí”. Pero sí que nos podría decir: “Estoy triste, hijo mío, porque tenía un camino para ti y, sin embargo, anduviste en tu propia voluntad”.

Lo que está en análisis no es el tema de la elección o el libre albedrío; o la predestinación frente a la voluntad de cada uno. Creo que Dios trabaja con la voluntad del hombre y que no somos marionetas en sus manos. Y que hay momentos en los que Él nos deja elegir, y simplemente nos da sabiduría para hacerlo. Pero en grandes decisiones, también creo, que Él está esperando obediencia en nosotros, sus hijos, comprados con la sangre de la Cruz. Aunque nunca tomará esa obediencia por la fuerza. Él espera que sea una ofrenda de amor y, entonces, la mejor adoración.

Llámame anticuado, si quieres, pero no me convence lo de la multivoluntad, con múltiples caminos, todos ellos bendecidos.

Llámame místico, si prefieres, pero se me queda corto lo de la voluntad amplia al compararla con el ejemplo de Jesús.

Creo, después de todo, a la luz de la revelación bíblica y del testimonio de un par de miles de años de cristianismo, que buscar la voluntad de Dios, concebida por el Creador para cada uno de nosotros, sigue siendo el camino en el que reconozco las huellas del Maestro (1 Pedro 2:21).

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