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Jueves, 21 Febrero 2013 17:42

Los Dos Reinos (Primera Parte)

  • Extraído del libro 'La Honra del Ministerio'
Escrito por

“Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos” 1 Samuel 8:6-7

Dios es soberano, Su poder es ilimitado y su dominio absoluto sobre todo lo creado. Con todo, el hombre ha desechado a Dios de su vida y vive fuera de su control, estableciendo en este mundo su propio reino. Esta actitud humanista se ha fortalecido, aún más, a través del tiempo, de manera que se ha infiltrado incluso en la iglesia, y se puede ver en ella claramente estos dos reinos: el reino de los hombres y el reino de Dios. Es posible que para algunos esta verdad resulte un tanto inconveniente, pero conociendo que ningún ministerio es de Dios si no ha sido establecido por Él y dirigido por su Santo Espíritu, esta aseveración en vez de escandalizarnos debiera preocuparnos.

En nuestro versículo tema, vemos cómo el pueblo de Israel pide a Samuel un rey, desechando al Rey de reyes y Señor de señores. Pero, para tener una perspectiva más clara del asunto, veamos el contexto en estos versículos: 

“Aconteció que habiendo Samuel envejecido, puso a sus hijos por jueces sobre Israel. Y el nombre de su hijo primogénito fue Joel, y el nombre del segundo, Abías; y eran jueces en Beerseba. Pero no anduvieron los hijos por los caminos de su padre, antes se volvieron tras la avaricia, dejándose sobornar y pervirtiendo el derecho. Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová” (1 Samuel 8:1-6).

Seguramente, has escuchado muchos sermones acerca de este incidente, pero te aseguro que lo que vamos a estudiar en este segmento es distinto a lo
que hemos escuchado con relación a la aplicación de este pasaje bíblico. Por tanto, la primera enseñanza de este mensaje es la causa por la cual Israel deseó el reino de los hombres y no quiso más el de Dios. El motivo por el cual ellos pidieron rey fue porque el ministerio profético y sacerdotal se había corrompido.
Los que conocen la historia saben que, tristemente, en la iglesia cristiana ha ocurrido lo mismo. La causa por la cual la iglesia dejó la teocracia -el gobierno de Dios-, para tomar la democracia –gobierno de los hombres- fue porque perdieron la confianza en sus líderes. Los obispos y ministros mancillaron el oficio y empezaron a hacer política, a manipular con la Palabra, entonces el pueblo les perdió el respeto y ellos perdieron el temor de Dios. Ellos se apartaron de la dirección del Espíritu Santo de tal manera que tuvieron que fomentar el gobierno de los hombres, para poder gobernar la iglesia. Igualmente pasó en Israel. Samuel fue un hombre muy íntegro como profeta y sacerdote, y también como juez de Israel, pero sus hijos eran corruptos, y aunque él los amonestó, ellos no siguieron su camino, y el pueblo no soportó dicha conducta. Por eso, ministros, ancianos, diáconos y servidores todos de la iglesia, los que sirven a Dios deben ser íntegros, amando, respetando y viviendo los principios del reino de los cielos, para que nunca el pueblo pierda el amor y el respeto al Señor.

Cuando la iglesia ve que no puede confiar en sus líderes como guías espirituales, entonces busca el sistema de los hombres. 

Nota la petición del pueblo: “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5). Es triste reconocer que la iglesia vive hoy en esa realidad. Y lo digo no como una crítica, sino con mucho dolor, porque la iglesia representa el cuerpo de Cristo, y nosotros somos parte de ese cuerpo, así que no podemos decir “ellos”, sino “nosotros”, pues somos una sola cosa. 

La iglesia, desde hace muchos siglos, ha dejado el reino de Dios y le ha dicho al Señor con sus obras: «No queremos que tú reines, sino que un hombre reine entre nosotros». De la forma como Israel menospreció el reinado de Jehová, y prefirió sobre Él al sistema de los hombres para parecerse a las demás naciones, así la iglesia ha apostatado de su confianza del principio. Hasta ese momento, Israel nunca había tenido un rey humano, sino un líder espiritual, un juez o profeta que los guiaba bajo la dirección de Jehová. Así gobernaba Dios en Israel, pero ellos menospreciaron Su forma de gobierno y lo desecharon como soberano de Su reino (1 Samuel 8:7). El sistema de Dios se define como teocrático (del gr. theos, Dios y cracia dominio) que significa “gobierno de Dios”, por lo que en otras palabras, ellos dijeron: «No queremos teocracia sino democracia (del gr. demo, pueblo y cracia, dominio)», que gobierne el pueblo.

Trasladémonos en este instante al momento de la crucifixión, y observemos al pueblo de Israel frente a Pilato, pidiéndole a gritos que crucificase a Jesús.  Pilato luchaba por librarse de condenar a un justo, por eso les dijo: “¿A vuestro Rey he de crucificar? Respondieron los principales sacerdotes: No tenemos más rey que César” (Juan 19:15). También dijeron: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12). Y yo tomo esta última frase para decir lo que me dijo el Espíritu Santo: el que se hace rey en la iglesia, a Cristo se opone, porque la iglesia tiene un solo rey, y es nuestro Señor Jesucristo.

¿CUÁNTOS ESTÁN REINANDO EN LA IGLESIA HOY CON LA LLAMADA DEMOCRACIA? 

En el tiempo antiguo, Dios tomó a Moisés para dirigir  al pueblo, pero quien gobernaba era Dios. Él escuchaba lo que Jehová le decía, lo cual se lo expresaba al pueblo, quien a su vez obedecía, y Dios reinaba.  Moisés sólo era el mediador del pacto, el caudillo. Por tanto, sí, había un líder, pero era Dios el que reinaba. 
Cuando hubo la necesidad de escoger setenta varones entre los ancianos de Israel, la Palabra dice que Dios tomó del espíritu de Moisés y los repartió sobre ellos (Números 11:24-25). Jehová dijo: “… yo descenderé y hablaré allí contigo, y tomaré del espíritu que está en ti, y pondré en ellos; y llevarán contigo la carga del pueblo, y no la llevarás tú solo” (Números 11:17). Ellos no eran una junta ni se reunían para discutir los asuntos que Jehová les había  encomendado. Tampoco los ancianos levantaban las manos para ver quienes estaban de acuerdo o en desacuerdo y tener un consenso para tomar la  decisión, sino que Jehová les dio el mismo espíritu y la misma dignidad, para que ayuden a Moisés en la tarea que Él le había encomendado a su siervo. No para ellos gobernar, sino para ayudar al líder en la ejecución de la voluntad de Dios. Así nosotros somos cola-boradores, ayudantes en el gobierno de Dios. El Señor va al frente, porque es el líder y nosotros detrás, como “cola”, porque le seguimos a Él.

En el reino de los hombres se les llama servidores públicos a aquellos que tienen una posición en el Estado o en alguna institución gubernamental; en el reino de los cielos se les llama siervos, a los que tienen alguna función en el reino, a través de los cuales Dios hace su voluntad.

DIOS OYÓ LA ORACIÓN DEL PUEBLO
Si volvemos al pasaje bíblico que nos ocupa, veremos que a Samuel no le agradó el deseo del pueblo de tener un rey, y oró a Jehová y Él le respondió: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan” (1 Samuel 8: 6-7). El Señor es experto en oír y cumplir las oraciones de su pueblo. Recordemos cuando el pueblo de Israel se preparaba para entrar a la tierra prometida, que Jehová envió hombres a reconocer la tierra y los doce espías volvieron a dar su informe. Estos dijeron a Moisés que no podían subir contra ese pueblo porque ellos eran más fuerte, que la tierra se tragaba a su moradores y que había gigantes, hombres tan  grandes que delante de ellos el pueblo de Dios era como insectos y que así también ellos los verían (Números 13:31-33). Al oír ese informe el pueblo se  desanimó y lloró toda aquella noche (Números 14:1), y se quejaron contra Moisés y contra Aarón diciendo: “¡Ojalá muriéramos en la tierra de Egipto; o en este desierto ojalá muriéramos!” (v. 2). Y Dios oyó y les dijo: “Vivo yo, dice Jehová, que según habéis hablado a mis oídos, así haré yo con vosotros. En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí” (vv. 28-29). De esta misma manera dijo Jehová a Samuel que escuchara todo lo que dijeran, porque exactamente lo que pidieran, eso les daría. ¿Sabes lo que hizo Dios frente a la petición de que les diera un rey? Se convirtió en un demócrata, porque todo el que escucha al pueblo para actuar se vuelve un demócrata. Los gobiernos democráticos con que se rigen la mayoría de las naciones en este mundo gobiernan de acuerdo a la opinión pública o presión del pueblo. Las naciones ya no se dirigen por firmes principios, sino por la variable opinión del pueblo. Apenas la gente protesta, el que está en autoridad hace sus arreglos, porque su interés es estar bien con el pueblo, para mantenerse en la posición, a pesar que el deseo de las masas sea incorrecto.

Así Dios oyó la oración, pero antes de dejarlos a su libre albedrío, Dios le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo. Ahora,  pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos” (1 Samuel 8:7-9). Entonces Samuel tomando la palabra les dijo:

“Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro; y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de  guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus  siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros  rebaños, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día”.  (1 Samuel 8:11-18).

UNA PERFECTA DESCRIPCIÓN DEL GOBIERNO DE LOS HOMBRES EN EL MUNDO Y TAMBIÉN EN LA IGLESIA
Lamentablemente, en las iglesias donde no hay gobierno de Dios, los hombres colocan sus pólizas y constituciones por encima de la Biblia, y toman sus decisiones de acuerdo a sus leyes. De esta forma, aquel que  sea más político o tenga más argumento para convencer al grupo, reinará sobre todos. Entonces, después de haber discutido y de faltarse el respeto los unos a los otros, tratando de imponer su punto de vista, se logra una decisión a favor -aunque manipulada- y luego dicen: «Dios nos dirigió». De hecho, en muchos círculos de la iglesia, cuando entras ya no tienes nada qué pensar ni qué hacer, pues ellos deciden todo, incluso lo que debes comer y hasta cuántas veces debes masticar la comida antes de tragártela. Te prohíben ir a la playa, al cine, etc.; también te dicen cómo debes vestirte, con quién te tienes que casar,  cuántos hijos debes tener y quiénes podrían ser tus amigos. En conclusión, te hacen un plan familiar y programan tu vida a tal punto que ¡ay de ti si no te  sometes!, porque te pasan juicio y te discriminan, y hasta te excomulgan. Es un control total sobre las personas. Así que en la iglesia donde veas que hay un  líder y una junta apropiándose de la gente, de sus bienes y de su voluntad, allí está el reino de los hombres, y no el de los cielos, pues Dios no reina de esa  manera. El Señor toca y llama (Apocalipsis 3:20) y el Espíritu Santo nunca obliga ni se impone, sino que convence (Juan 16:8). En cambio, el hombre se  adueña de las almas y las considera como si fueran un ganado, y dice: «Tengo tantas almas» como si dijeran “vacas”. También dice: «Mis arcas están llenas.  ellos diezman y dan tanto semanal, y con eso pienso invertir en tal cosa», dándose ínfulas de grande inversionista y habla en estadísticas, como si los  creyentes fueran números o cosas. Con lo dicho estoy describiendo una realidad vivida, por lo que no estoy en contra de nadie, sino a favor del reino de Dios.

TRES CARACTERÍSTICAS DEL GOBIERNO DE LOS HOMBRES
Los que han estado en iglesias religiosas e institucionalizadas saben ciertamente sobre lo que estoy hablando. Hace muchos siglos que la iglesia está  desviada por el gobierno de los hombres, y es necesario que ahora nos volvamos a Dios. Por lo cual, apliquemos cada advertencia que hizo Samuel a la  iglesia de hoy, y veamos qué ocurre cuando el hombre reina en la iglesia y no Dios:

1. “tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro”
En el reino de los hombres, todo esfuerzo o beneficio es para el que reina y para los suyos. Ellos toman tu “ministerio” y lo ponen en sus “organizaciones”,
bajo “su gente que está a cargo”, para que “les sirvan y corran delante de su [carro] organización. Para ellos lo más importante es la organización, aunque se violen los principios divinos. Ellos predican la doctrina, pero cuando hay dinero envuelto o un escándalo que pueda perjudicarles, prefieren hacer cualquier otra cosa con tal de mantener el statu quo de la organización. Se comenten injusticias, y si tienen que expulsar a algún obrero de Dios, no les importa, lo hacen con tal de que la organización no sufra, sacrificando al individuo para salvar la institución. En el gobierno de los hombres todos trabajan para la organización y las personas no valen nada, sino su sistema, sus intereses. Hacen trampas para salvar y mantener la estructura, y dominan la vida de los creyentes a tal punto que así como los casan también los divorcian, para hacer una nueva “pareja perfecta”. Mas, en el reino de Dios ocurre todo lo contrario.

En el reino de Dios  todos trabajan para el Señor, para Su reino y para Su gloria sine qua non. Lo más importante no es la organización, sino Dios y el Cuerpo de Cristo. No se  usan las personas para fines mezquinos o personales, sino para propósitos benditos. Muy contrario a la ideología del reino de los hombres, que como Caifás  dicen: “Vosotros no sabéis nada; ni pensáis que nos conviene que un hombre muera por el pueblo, y no que toda la nación perezca” (Juan 11:49,50). Aunque él no lo dijo por sí mismo, pues estaba profetizando que Jesús no sólo había de morir por la nación, sino también para congregar en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos (vv. 51-52). Pero lo que verdaderamente Caifás pensaba en su corazón era matarle para preservar su organización, para  mantenerse siendo el principal. Al hombre le gusta ser el primero, el “ungido” que va al frente, y si te pone enfrente es para que le vayas abriendo el paso, para anunciar su llegada, y todo el mundo sepa que alguien importante llegó, pues necesita ser visto, quiere darse a conocer.

2. “… y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas”
A estos nombramientos, en el reino de los hombres se les llama el “equipo”, un grupo de gente que trabaja para mantener su sistema. Entonces nombra para sí jefes y organiza la cosa de tal manera que a cada quien le da una posición: este me manda la correspondencia, este otro me coordina los eventos, este se encargará de llevarme la agenda, este me programa las vacaciones, etc. y mezclan su organización con la iglesia, ya que la consideran una misma cosa. También ama los títulos, por lo que a sus jefes les llama: “director”, “presidente” “coordinador”, etc., reservando para él aquellos más llamativos: “reverendo”, “apóstol”, “doctor”, “superintendente”, etc., so pena de ofenderse si no le dices el título antes que el nombre. Ellos son jefes y lo enseñan, por lo cual en sus iglesias la gente anda detrás de ellos para que los pongan en puestos. 

Por el contrario, en el reino de Dios no hay jefes, sino siervos, tampoco posición, sino función. Jesús dijo: “Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre  vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro  siervo” (Mateo 20:25-27). En el reino de Dios se crece sirviendo, no por rango. En el reino se llega a ser autoridad por elección divina, honra y testimonio. Por lo  cual, para alguien ser líder en Dios, antes tiene que ser probado y aprobado (1 Tesalonicenses 2:4; 1 Timoteo 3:1-15), pues la autoridad se basa en la honra y  no en la posición o título.

3. “… los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará  también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras”
En el reino del hombre se convierte a los creyentes en esclavos, poniéndoles cargas que les corresponden a ellos llevar en el ministerio. Todos sus asuntos
giran en torno al culto al hombre, al ego y a sus intereses. Así que orquestan tremendos montajes y crean numerosas actividades para involucrar a toda la  familia, y mantenerlos ocupados. Y para que el creyente no extrañe nada del mundo, traen el mundo a la iglesia. Se la pasan imitando todo éxito visible, porque lo que quieren es captar a las personas, para fortalecer su organización y convertirse en un gran emporio.

Así vemos que tienen escuelas, universidades, hospitales, clubes, librerías, etc., y no es que haya algo malo en eso, el asunto es su motivación, pues su único objetivo es hacerse grandes y no para  engrandecer el nombre de Dios. Se benefician de los creyentes y los despojan, diciéndoles: «Yo necesito tal cosa y hace tiempo que no me dan una ofrenda. ¡Cuidado si les están dando ofrendas a fulano o mandándolas a tal ministerio. Sólo aquí usted debe ofrendar porque esta es su iglesia». Así les toman sus posesiones para hacer sus obras, pues el fin es hacerlos suyos, no de Cristo.

 
 
Tomado del libro 'La Honra del Ministerio' escrito por Juan Radhamés Fernández.

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