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Sábado, 03 Agosto 2013 18:27

La fe del Espíritu y los Milagros

  • Extraído del libro 'Manual de la Vida en el Espíritu'
Escrito por

“Todo aquel que CREE que Jesús es el Cristo, ES NACIDO DE Dios…” (1ª Juan 5:1) El hombre nacido de Dios está dotado de ciertas capacidades que lo hacen muy diferente al ser carnal o adánico.

 Empezando por la naturaleza, la cual es espiritual, este hombre interior agrada a Dios porque tiene en si el fruto del Espíritu que es en toda bondad, justicia y verdad (Efesios 5:9). También posee un instrumento espiritual que le permite agarrarse a las promesas que Dios le ha dado, y es la fe. La Biblia dice que los que VIVEN SEGÚN LA CARNE no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8), y que SIN FE es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Por tanto, para que nuestra vida y lo que hagamos glorifique a Dios tiene que salir del Espíritu, porque en el Espíritu se anda por fe. La fe es la que nos hace aceptos delante de Dios, a través de la justicia de Jesucristo.

La vida de Jesús, su muerte, su resurrección y la plena aceptación que Dios le dio a su obra redentora conforman el manto perfecto que nos cubre delante del Padre. Pero para agradar a Dios en este mundo tiene que ser en Su verdad y en santidad. La única manera de lograrlo es cuando andamos en el Espíritu, y vivimos según su naturaleza.

Solamente cuando algo se produce en esa naturaleza, brota a la superficie y se convierte en acción, puede glorificar a Dios, porque procede de nuestro hombre interior, que es hechura suya. Este hombre nuevo fue creado en Cristo Jesús, y sus obras son buenas, porque Dios también las preparó de antemano (Efesios 2:10). Nuestra necesidad es que crezca nuestra fe para andar en esas buenas obras.

A Dios no se le agrada con sacrificios, sino con un corazón sincero, íntegro, lleno de fe. La fe funciona solamente cuando proviene del Espíritu. Hay personas que creen que porque digan simplemente una palabra acompañada de la frase: “En el Nombre de Jesús”, se van a hacer los milagros. Pero si esa palabra no viene del Espíritu, ni brota de ese fruto que se llama fe, que Dios impartió a cada nacido de nuevo, no ocurre el milagro. La religión nos ha enseñado que simplemente es un decir, un confesar, y nos apoyamos en que Jesucristo dijo: “…si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho” (Mateo 21:21), y le decimos: “¡Quítate!”, y no se quita. Entonces nos sentimos frustrados y confundidos, y la gente no cree a Dios debido a los fracasos nuestros. Pero este hecho solo confirma las palabras que Jesús dijo al inicio del mismo versículo, que fracasamos porque dudamos, porque no tenemos fe.

A veces estamos mal orientados cuando usamos la fe simplemente como una confesión
La Biblia dice: “…con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10). Para que la boca confiese y haya eficacia se tiene que creer primero. Esa fe que obra por el amor, que Dios ha depositado en nosotros para que le creamos, para que le confesemos, para que nos dejemos guiar por él, nos fue impartida para que llevemos la Palabra, y creamos en su autoridad y seamos investidos de lo alto. Esa fe que Dios nos dio tiene que brotar de donde procede, del Espíritu. De lo contrario, esa fe va a ser una fe inútil, infructuosa, meras palabras bonitas nada más. Si queremos que se realicen las promesas de Dios en nuestras vidas, tenemos que sacar fe de nuestro hombre interior, porque ya la tenemos, pues es parte del fruto del Espíritu.

Cuántas veces hemos oído: “Yo lo confesé y no pasó nada”. Y en verdad no pasa nada, porque la fe no depende de un ardiente deseo, o de una necesidad, ni de una situación de vida o muerte. La fe es un don de Dios (Efesios 2:8), y obra según su propósito santo.

Cuando tratamos de decirle a la persona que no ha nacido de Dios: “Mira, confiésalo. Di que Jesucristo es tu Salvador y ya está. Créelo”, y la persona viene al altar, confiesa que Jesucristo es su Salvador “y ya está”, pero si no ha nacido de Dios, puede cansarse repitiendo que Jesucristo es el Señor y su Salvador o el Cristo, y no vale nada. Esto no es un asunto de confesar meras palabras, es un asunto de fe, fe que proviene del Espíritu.

La Biblia dice que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Y por lo tanto, la boca va a hablar de lo que tiene adentro. Si un hombre no cree en Jesucristo no puede abrir la boca para decir nada, y si lo dice son palabras huecas y sin sentido. Por eso, Jesús exclamó: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mateo 12:34). Creer no es repetir una cosa, es confesar la certeza que Dios ha puesto en mí y vivir en la seguridad de lo que anuncia su Palabra. “Todo aquel que CREE que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios…” (1ª Juan 5:1). Solamente el nacido de Dios tiene la fe para creer en Jesús como el Cristo de Dios. Creer es resultado de haber nacido de Dios: Primero nazco y luego creo, nunca al revés.

En la vida espiritual, es necesario nacer de Dios para tener la capacidad de creer en Jesús. La fe es una obra poderosísima, ungida, sobrenatural y de gracia, que el Espíritu de Dios hace en los nacidos de nuevo. Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo (1ª Corintios 12:3). Para que haya verdadera conversión, hay que NACER DE NUEVO. Se tiene que haber nacido de nuevo para luego creer.

A veces decimos: “Que buena reunión, tantas personas aceptaron a Jesucristo”, solo porque vinieron al frente e hicieron la confesión de fe. Pero solamente Dios sabe la verdadera cantidad de los que realmente creyeron en Cristo. Solo él conoce, en realidad, los que son suyos (2ª Timoteo 2:19). La fe es un fruto del Espíritu. Es algo de lo cual se ha abusado bastante, especialmente cuando hacemos evangelismo. Se le apela a la gente que venga a Jesucristo como si dependiera de ellos. Decimos: “Ven a Cristo. Levántate del asiento. Simplemente confiesa que Jesucristo es tu Salvador, y eres salvo. Ven dilo”. Y lo dice y piensa que es salvo, pero si Dios no hace la obra en su espíritu, puede confesar todo lo que quiera y no pasará nada.

Lo mismo ocurre con los milagros
Jesús dijo: “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré…” (Juan 14:13). Se dice: “En el Nombre de Jesús” y la gente piensa que eso es automático, como decir: “Ábrete Sésamo”, y no es así. No HAY “ALADINOS” NI PALABRAS MÁGICAS EN EL REINO DE DIOS. Cuando dices: “En el Nombre de Jesús”, primeramente tienes que haber nacido de nuevo, y segundo estar comisionado por la autoridad de ese Nombre. Un milagro ocurre cuando el poder de Dios se mueve a través de la fe. Y la fe siempre actúa conforme al propósito del Señor, quien hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11).

Meditemos en el incidente que narra Hechos 14:8-10:
Y cierto hombre de Listra estaba sentado, imposibilitado de los pies, cojo de nacimiento, que jamás había andado. Este oyó hablar a Pablo, el cual, fijando en él sus ojos, y viendo que TENÍA FE para ser sanado, dijo a gran voz: Levántate derecho sobre tus pies. Y él saltó, y anduvo.

Notemos varias cosas en esta narración:
1) Este hombre oyó hablar a Pablo (v.9) esto confirma lo que dice la Biblia, que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17).
2) Pablo fijó en él los ojos y vio que tenía fe para ser sanado (v.9). El apóstol, a través del discernimiento del Espíritu, se percató de que Dios le impartió la fe a este hombre para ser sanado.

Por tanto, hay varios elementos que deben conjugarse para que ocurra un milagro: Primeramente tiene que ser la voluntad de Dios; segundo, cuando Dios quiere, imparte la fe a la persona que se va a beneficiar de la sanidad o la liberación; y tercero, también Dios mueve la fe del instrumento que va a realizar la operación de su poder.

En ninguna parte del Nuevo Testamento dice que Jesús o los apóstoles oraron por alguien y no se sanó o no fue libertado. Sin embargo hoy, los evangelistas que tienen el don de sanidad, oran por muchos y solo se sanan algunos. ¿Por qué? La respuesta es sencilla, Jesús y los apóstoles siempre se guiaban por el Espíritu Santo. Ellos no oraban por nadie que no supieran, por el Espíritu, que iba a ser sano. Primero recibían la instrucción de acercarse a esa persona, luego fijaban los ojos y miraban si tenía fe para ser sano, entonces oraban y el milagro ocurría.

En el estanque de Betesda, yacía una multitud de enfermos, cojos, paralíticos que esperaban el movimiento del agua (Juan 5:3), pero Jesús se acercó solamente a uno, a un paralítico, y le dijo: “¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6). Él no los sanó a todos, sino solo a aquel hombre. ¿Por qué? Porque la voluntad de Dios era solo esa. Hoy actuamos irreflexivamente y dejándonos llevar por el entusiasmo y los sentimientos, oramos por todo el mundo y a todos declaramos sanos, pero solo se sanan algunos y a veces ninguno. No hemos aprendido a andar en el Espíritu, con relación al ministerio de sanidad o de liberación.

Solo viene a Jesús para ser sanado, para ser libertado, para ser redimido, todo aquel que el Padre le da fe para ello.

En el libro de los Hechos, después que descendió el Espíritu Santo y dinamizó a los apóstoles con el poder de lo alto, estos se guiaban por el Espíritu. Esa es la razón por la que nunca oraron por alguien que no se sanó. Pedro y Juan sabían que era la voluntad de Dios sanar al cojo de la puerta  la Hermosa (Hechos 3:16). Cuando Pedro fue a la casa de Dorcas a resucitarla, él fue enviado por el Espíritu Santo, si no, no hubiera ido. Entonces me pregunto: ¿Por qué nosotros no dejamos, la mayoría de las veces, al Espíritu Santo obrar? Si como aquellos, somos enviados, el que nos envió nos dará mandamiento para lo que hemos de decir, y de lo que hemos de hablar (Juan 12:49).

Muchos quieren creer y no pueden, pues el asunto es que no porque decidan creer, van a creer, ya que la fe no es el resultado de un ejercicio mental y  mucho menos de una decisión personal. Eso es lo que la religión enseña: Si tú decides creer, puedes creer. ¡Mentira! La Biblia dice que la fe es un don de Dios, que procede de él, y que él la repartió a los que quiso. Es decir, que la fe no es algo automático, o que se genera en tu mente. La Biblia dice que “…NO DEPENDE del que quiere, ni del que corre, sino DE DIOS que tiene misericordia” (Romanos 9:16).

La fe es un don de Dios que se produce solamente en el hombre nacido de nuevo. Sólo este tiene la revelación de que Jesús es el Cristo de Dios.
Los apóstoles no realizaban milagros y señales independientemente de la voluntad de Dios. Ellos no sanaban al que ellos querían, sino aquellos a quienes el Señor ordenaba liberar o sanar.

El apóstol Pablo era instrumento de Dios para sanar, liberar y resucitar muertos. Pero Pablo tenía un aguijón en su carne, una enfermedad. Pablo no podía ser sanado porque no era la voluntad de Dios, la voluntad de Dios era que Pablo sufriera ese “aguijón en la carne” para mantenerle humilde. Tenemos que caminar en su Espíritu para saber cuál es su voluntad y ser guiados por él.

Cuando los apóstoles y discípulos del Señor realizaban estos grandes portentos era porque EL MISMO DIOS testificaba “…juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo, SEGÚN SU VOLUNTAD” (Hebreos 2:4). Los hijos de Dios somos investidos de poder desde lo alto (Lucas 24:49), pero es en Dios que está la fuerza, el poder y la gloria. Y si lo negamos es porque ignoramos no solamente las Escrituras, sino la magnificencia del PODER de su Espíritu Santo.

Del 'Manual de la Vida en el Espíritu'

Juan Radhamés Fernández

El pastor Fernández ha realizado su ministerio radial y televisivo “Voz de Restauración”, trayendo mensajes de restauración, consolación y exhortación al pueblo de Dios, localmente, en el área tri-estatal (Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut), y alrededor del mundo, en los países hispanohablantes. De igual manera, en su misión apostólica, ha sido enviado por Dios a ministrar la Palabra del Reino de los Cielos a iglesias y ministerios a lo largo de Estados Unidos, el Caribe, Sur América y Europa.

Comenzó su ministerio pastoral en 1979, y desde 1986, junto con un gobierno de 17 ancianos establecidos por Dios, pastorea el ministerio “El Amanecer de la Esperanza”, en el condado del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Asimismo, es autor de tres libros donde se han plasmado las experiencias, enseñanzas y revelaciones que Dios, a través de su trato ha tenido con él, tanto en el área personal como en su vida pastoral y comunitaria. Sus obras: “Manual de la Vida en el Espíritu”,  “Para que Dios sea el Todo en todos” y "La Honra del Ministerio".

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