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Jueves, 25 Abril 2013 07:53

¿SOMOS PEQUEÑAS LLAMAS?

Escrito por

 

Voy a empezar haciendo algo que no se debe hacer a la hora de estudiar la Biblia, porque puede llevarnos a creer una herejía, y es sacar un texto de su contexto, pero me voy a permitir la libertad de sacar un texto de su contexto, porque como veremos a continuación, la frase que voy a sacar de su contexto, es una verdad en sí misma, sin importar el contexto en el que se encuentre, y por tanto no hay peligro de cometer una herejía porque, repito, esta frase es una verdad en sí misma. 
Vamos a empezar leyendo en Santiago 3:5, pero vamos a leer solo la última parte del versículo que dice: 
 
5… He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!” 
 
El contexto en el que el apóstol Santiago hace esta afirmación, de “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”, es el contexto de la lengua, haciendo referencia a lo peligrosa que puede resultar una lengua sin control, una vez oí a un hermano decir una gran verdad, este hermano dijo: “hay cristianos que tienen el don de lenguas, y hermanos que tienen una lengua que parece un don”, pero en esta tarde no voy a hablar de la lengua, por eso os decía que iba a sacar un texto de su contexto, porque voy a sacar esta frase del apóstol Santiago de “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!” del contexto de la lengua porque como os he dicho antes, esta frase del apóstol Santiago es verdad siempre, y por tanto, la podemos aplicar a cualquier contexto.
 
Santiago dice que un pequeño fuego, puede provocar un gran incendio, esto lo podemos ver en la vida natural, simplemente un conductor desaprensivo puede tirar una colilla, y esa simple y pequeña colilla, puede provocar un incendio forestal de grandes dimensiones, por eso digo que lo que dice Santiago de “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”, es una gran verdad en lo natural, en lo espiritual y en cualquier contexto que lo apliquemos.
 
Esta frase de Santiago, tiene que ser también una realidad en nuestra vida espiritual, cada uno de nosotros somos un pequeño fuego que debemos de poder encender un gran bosque.
 
Quiero que veamos como esto fue una realidad en la iglesia del primer siglo, vamos a verlo comparando dos pasajes del libro de los Hechos, vamos a leer en primer lugar en Hechos 1:15
 
15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos (los reunidos eran como ciento veinte en número), y dijo:”
 
Quiero hacer notar, que en ese aposento alto, solo eran alrededor de 240 personas, podríamos llegar a 300 personas, ya que normalmente los judíos no contaban a las mujeres. 
 
Cuando Lucas dice que habían 120 reunidos, lo que realmente está diciendo, es que habían 120 hombres, pero como la mayoría de ellos eran casados, es de suponer que estarían también sus mujeres, más alguna que otra soltera,  por lo que podemos suponer que podrían llegar a unos 300.
 
Esta cifra que a priori puede parecernos grande, si la comparamos con todos los habitantes que tenía el imperio romano, en tiempos de Jesús, que era de aproximadamente 50 millones de habitantes, es una cifra ridícula, es verdaderamente una cantidad irrisoria, 240 o 300 personas frente a unos 50 millones de habitantes, sin embargo, estas 240 o 300 personas fueron incendiadas con el fuego del Espíritu Santo en el día de Pentecostés, y ellos, como un pequeño fuego, en palabras del apóstol Santiago, fueron capaces de encender un gran bosque, como era el impero romano, vamos a verlo leyendo en el libro de los Hechos 17:6
 
6 pero como no los hallaron, trajeron a Jasón y a algunos hermanos ante las autoridades de la ciudad,  gritando: "Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá,”
 
Démonos cuenta de lo que dicen los habitantes de esta ciudad, dicen: “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá,”, no los acusan de haber trastornado Jerusalén, ni les acusan de trastornar Palestina, ni siquiera de haber trastornado la ciudad donde ellos vivían, estas personas acusan a los cristianos de haber trastornado el mundo entero, y el apóstol Pablo escribiéndole a la Iglesia de Roma, les dice que él, lo ha llenado todo con el evangelio de Cristo.
 
Vemos como en la Iglesia del primer siglo se cumplió perfectamente la afirmación de Santiago, que un pequeño fuego puede encender un gran bosque, solo unas 240 o 300 personas ardiendo de verdad con el fuego del Espíritu fueron capaces de incendiar todo el imperio romano, ¿sabéis? si el enemigo no hubiera logrado infiltrarse en la Iglesia, en muy poco tiempo, en un par de siglos, el mundo entero conocido, hubiera sido evangelizado. 
 
El problema es que la Iglesia abrió puertas al enemigo, y cuando se le abre las puertas al enemigo, el enemigo entra, y destruye, y apaga el fuego del Espíritu, y la Iglesia que nació y empezó ardiendo con el fuego del Espíritu, se convirtió en una iglesia carnal, que era difícilmente reconocible, comparada con la Iglesia del primer siglo.
 
Pero lo que quiero resaltar es que nos demos cuenta de que si solo 300 personas fueron capaces de revolucionar todo el impero romano, y de llenarlo todo con el evangelio de Cristo, no nos debe de preocupar si somos pocos o muchos, porque pocos… llenos del fuego de Dios, pueden incendiar un gran bosque.
La cuestión es que necesitamos estar llenos del fuego de Dios. Para poder incendiar el bosque, es decir, toda la población que nos rodea, necesitamos de verdad estar llenos del fuego de Dios.
 
Dios no necesita de grandes multitudes para poder llevar a cabo sus planes, Él solo necesita que seamos los que seamos, estemos llenos de su Espíritu y estemos dispuestos a obedecer a Dios, en todo.
 
Escocia fue revolucionada por un solo hombre, USA fue revolucionado por un solo hombre. En su tiempo, el fundador del Ejército de Salvación, revolucionó toda Inglaterra, en su tiempo Charles Finney revolucionó Estados Unidos, y muchos países han sido revolucionados por una sola persona que de verdad decidió entregarle su vida al Señor, personas que de verdad, decidieron que el fuego de Dios pudiera arder en sus corazones sin importar lo que les rodeara, sin importarles lo que Dios les pidiera.
 
Dios no necesita de grandes multitudes, Dios necesita corazones obedientes, dispuestos a arder con el fuego celestial.
 
Nuestra preocupación no debe de ser la cantidad de los que nos reunimos, sino si estamos llenos del fuego de Dios o no, porque si estamos llenos del fuego de Dios, tarde o temprano, veremos que el gran bosque que hay a nuestro alrededor está ardiendo, quiero dejar muy claro que me estoy refiriendo al fuego espiritual, no sea que algún lector pueda pensar que soy un incendiario, un pirómano. Dios quiere que ardamos con su fuego y que podamos contagiar, que podamos incendiar el bosque que nos rodea, porque cada uno de nosotros, estamos rodeados de un gran bosque y Dios quiere que seamos los instrumentos en sus manos, para poder contagiar su fuego a todo el que nos rodea, pero si no tenemos el fuego de Dios en nuestro corazón, no seremos capaces de incendiar, ni siquiera un puñadito de paja que esté a nuestro alrededor.
 
Quiero que veamos ahora, cuál es el propósito de Dios para nuestras vidas, vamos a ver lo que dijo Dios a través del profeta Juan el Bautista acerca de Jesús, vamos a leer en el evangelio de Mateo 3:11
 
11 Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.”
 
Jesús vino, además de para morir en la cruz por nosotros, para bautizarnos con el Espíritu Santo y fuego. Jesús ya vino, y por tanto, esta profecía dada por Juan el Bautista, ya se cumplió.
 
Jesús ya vino, murió por nuestros pecados, y bautizó a la Iglesia con el Espíritu Santo y fuego, y hemos visto como realmente fue un fuego vivo el que descendió sobre los discípulos que estaban reunidos en el aposento alto, por lo que esta profecía se cumplió en la Iglesia del primer siglo, ya que a partir del día de Pentecostés, los que estaban reunidos fueron capaces de incendiar el gran bosque del imperio romano, pero yo quiero que hagamos un ejercicio de sinceridad y nos preguntemos…
 
¿Hemos sido nosotros bautizados con el Espíritu Santo y con fuego?...
 
Porque como acabo de decir, los discípulos reunidos en el aposento alto, en el día de Pentecostés fueron bautizados con el Espíritu Santo y con fuego, y lo demostraron, porque fueron capaces de incendiar el gran bosque que suponía el imperio romano, pero… y nosotros ¿hemos sido bautizados con el Espíritu Santo y fuego? 
 
Antes de seguir, quiero dejar claro que yo no pongo en duda que hayamos sido bautizados con el Espíritu Santo, lo que ya no tengo tan claro es que hayamos sido bautizados con fuego, porque los efectos del fuego se ven a simple vista, enciende una hoguera en medio de un bosque, estoy hablando hipotéticamente, por favor no lo hagáis, pero si enciendes una hoguera en medio de un bosque, verás cuáles son las consecuencias, por lo que si estuviéramos bautizados con el fuego, creo que se notaría, no podríamos ocultarlo y las consecuencias se dejarían ver de inmediato.
 
Creo que si algo le falta a la Iglesia cristiana occidental del siglo XXI, es el bautismo de fuego, porque el fuego purifica y se extiende a gran velocidad, no hay más que ver la dificultad que tienen los bomberos para apagar los incendios forestales, y si la Iglesia estuviera ardiendo con el fuego de Dios, la Iglesia estaría purificada y no cabría en ella tanto pecado, y tantos desórdenes como hay hoy en día. Pero además, la Iglesia crecería a gran ritmo, como ocurrió durante el primer siglo, porque la sociedad grecorromana del primer siglo estaba tan corrompida, degenerada e inmoral, como la sociedad de nuestros días.
 
Lo que revirtió la situación de aquella sociedad amoral, e inmoral, no fue la apatía de la Iglesia, no fue el acomodamiento de los cristianos, fue el fuego de Dios en el corazón de los cristianos.
 
El apóstol Pablo, por inspiración del Espíritu Santo, ya vislumbró el peligro del acomodamiento de los cristianos y les advirtió a los cristianos de Roma que no se conformaran a este mundo, porque cuando la Iglesia se conforma a este mundo, ¿qué expectativas puede generar en los incrédulos?..., si no nos diferenciamos del mundo, ¿para qué se van a convertir los incrédulos?...
 
Si nosotros somos pequeñas llamas que estamos ardiendo con el fuego del Espíritu Santo, necesariamente tenemos que provocar un incendio a nuestro alrededor, y si no somos capaces de provocar un incendio a nuestro alrededor, es que algo está fallando en nuestra vida cristiana, a lo mejor es que hemos cambiado de religión, pero no nos hemos convertido de verdad, o a lo mejor sí nos hemos convertido, pero no le hemos entregado el control absoluto de toda nuestra vida al Señor, o a lo mejor hemos permitido que el Señor entrara en nuestra vida, pero no hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, o quizás sí hemos sido bautizados con el Espíritu Santo, pero no con el fuego, lo que sí está claro es que como dije antes, un fuego no se puede contener, y como dice Santiago: “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”
 
La mayoría de iglesia son pequeñas, somos la manada pequeña, somos pocos, es verdad, no tenemos mucho tiempo, es verdad, no somos personas muy influyentes, también es verdad, pero si el fuego de Dios está en nuestro corazón, nada podrá contener ese fuego, y todo el que esté a nuestro alrededor podrá sentir el fuego del amor de Dios ardiendo en nuestros corazones.
 
 
Aunque numéricamente somos pocos, si el Espíritu Santo reina en nuestros corazones, somos el mayor ejército de la tierra, porque nadie puede oponerse a Dios y vencer, quiero que recordemos el caso del profeta Eliseo, él y su criado eran solo dos personas y la ciudad estaba sitiada por el ejército sirio, creo que no hay duda de que el desequilibrio numérico era aplastante, sin embargo, como Eliseo tenía la doble porción del Espíritu de Dios que había reposado sobre Elías, estaba tranquilo, porque él sabía que Dios peleaba por ellos, y aunque humanamente solo eran dos, la realidad es que ellos eran muchos más que el ejército sirio.
 
¿Queremos ser útiles en las manos de Dios?..., ¿queremos ser instrumentos de cambio en las manos de Dios?..., solo necesitamos arder con el fuego de Dios, no importa cuántos seamos, tú y el Señor formáis una gran multitud, cualquiera de nosotros asociado con el Señor, formamos una gran multitud, los pocos que somos, si permanecemos fuertemente unidos al Señor, somos mayoría y podemos vencer, podemos alumbrar, podemos conquistar nuestros barrios, pueblos y ciudades para el reino de Dios, si el fuego de Dios está ardiendo en nuestro corazón, podemos trastornar la sociedad en la que vivimos.
 
No podemos excusarnos en que somos pocos, porque “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”, la cuestión es si ardemos con el fuego de Dios o no, por tanto, ardamos con el fuego del Espíritu Santo, y si sentimos que no estamos ardiendo con el fuego celestial, no nos preocupemos, no está todo perdido, hay solución, en Dios siempre hay solución, vamos a ver lo que dice en Hebreos 12:29
 
29 porque nuestro Dios es fuego consumidor.”
 
¿Sabéis que ocurre cuando nos acercamos demasiado al fuego?... QUE NOS QUEMAMOS, así que si no estamos ardiendo con el fuego de Dios, solo necesitamos hacer una sola cosa, acercarnos a Dios, porque Dios es fuego consumidor y cuando nos acercamos al fuego, nos quemamos, pero lo glorioso del fuego de Dios es que arde, pero consume de forma selectiva, podemos ver, por ejemplo como la zarza ardía pero no se consumía, pero sin embargo, cuando Elías desafió a los profetas de Baal, podemos ver como el fuego de Dios, no solo consumió el sacrificio, sino que también consumió la leña, las piedras, el polvo y hasta el agua que habían echado sobre el holocausto.
 
Si nos acercamos lo suficiente a Dios, Dios consumirá el sacrificio de nuestra vida, y todo aquello que pueda impedir nuestra comunión con Él, pero no nos consumirá a nosotros, el fuego de Dios nos purifica y nos santifica para que podamos vivir de verdad la vida cristiana, y para que podamos extender el reino de Dios, porque como vengo diciendo a lo largo de todo el programa de radio, el fuego no se puede contener, si estamos ardiendo con el fuego del Espíritu Santo, tenemos que contagiar ese fuego a todo el que nos rodea.
 
La promesa de Dios, como la anunció a través del profeta Juan el Bautista, era que seríamos bautizados con el Espíritu Santo y fuego, no solo con el Espíritu Santo, también seríamos bautizados con el fuego, y es necesario que entendamos que el ser bautizados con el Espíritu Santo y fuego, no es para que hablemos en lenguas, ni para que nos sintamos espirituales, ni para que nos sintamos bien, el bautismo del Espíritu Santo y fuego tiene como objetivo prioritario la extensión del reino de Dios, podemos verlo muy claramente en las palabras que el Señor Jesús le dijo a sus discípulos justo antes de ascender a los cielos, podemos verlo en Hechos 1:8
 
8 pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.”
 
Con estas palabras el Señor estaba diciendo lo mismo que unos años después diría Santiago, al decir “¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!”, Jesús les estaba encomendando la ingente labor de que prendieran fuego al imperio romano, y para ello les proporcionó el fuego del Espíritu Santo, y este fuego sigue estando disponible para nosotros, para que nosotros también podamos seguir con la labor de encender grandes bosques, porque el Espíritu Santo sigue teniendo el mismo poder que durante el primer siglo.
 
Si algo es importante, no es que tengamos los dones del Espíritu Santo, pues los dones del Espíritu Santo son simples herramientas para lograr el fin que Dios quiere, que no es otro, que el que extendamos su fuego celestial y conquistemos las naciones para Él.
 
Nosotros somos la manada pequeña, somos el pequeño fuego, pero no estamos solos, el Rey de reyes y Señor de señores está con nosotros, y si Dios con nosotros, ¿quién está contra nosotros?..., ¿habrá algún bosque que se pueda resistir al fuego de Dios?
 
Que el Señor os siga bendiciendo.
 

 

Miguel García

Pastor e hijo de pastor. Miguel es un hijo de emigrantes españoles, nacido en la ciudad suiza de Ginebra, en el año 1965. Sus padres, José y Carmen, abrazaron la fe en aquel país, y criaron a sus cuatro hijos varones (José, Emilio, Miguel y Benjamín), en el evangelio.

Miguel siguió desde muy joven las pisadas de su padre en el ministerio pastoral. Junto con sus hermanos, colaboró en las labores pastorales de las varias iglesias que pastoreó su padre. En 1989, Miguel fue ordenado como ministro. Desde ese mismo año, y hasta 1993, sirvió como copastor junto a su padre en la iglesia de Puerto de Sagunto, Valencia.

Entre 1997 y 2001 colaboró también con ciertas organizaciones llevando literatura cristiana en su coche a diferentes   ciudades árabes.

Miguel ha mostrada un deseo incansable de servir en la obra del Señor; esa es su pasión, ese es el motivo por el que vive. Todo lo demás: carrera, éxito laboral, solvencia económica, reconocimiento humano; todo lo ha  supeditado a su deseo ferviente y sacrificado de servir al Señor. Junto con su esposa Juani y su hija Damaris, han servido al Señor en Cartagena; también en Antequera; y como pastores de la Iglesia Cristiana Evangélica Apostólica, del movimiento del apóstol Daniel del Vecchio, en Torremolinos, Málaga. Actualmente están dedicados a fundar una iglesia en su propia casa, en Cartagena, y colabora con una emisora de radio cristiana en Murcia, llamada Radio Vida, realizando un programa semanal llamado REFLEXIONES, que es la fuente de inspiración para este libro.

Miguel, es tanto un hombre de la mente, como del Espíritu. El Señor le ha dado una capacidad intelectual extraordinaria. Es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Valencia; por la misma universidad obtuvo el título de haber realizado el Curso de Aptitud Pedagógica. El Señor le ha dado dones en el área de la enseñanza, tanto de materias académicas, como de las Sagradas Escrituras.

Miguel ha usado sus dones para hacer una apología lógica y racional, a la vez que compasiva y práctica, de temas actuales y relevantes para el creyente en medio de la sociedad actual. El deseo del autor es ver a los creyentes caminar en rectitud y obediencia a la enseñanza de la Palabra de Dios. Al igual que su padre, Miguel, es un amante de la verdad de la Palabra de Dios y de sus principios eternos. Al igual que Esdras, el autor se ha propuesto inquirir en la ley del Señor, aplicar sus principios a su propia vida, y enseñarlos al pueblo de Dios (Esdras 7:10). Al igual que el apóstol Judas, Miguel se ha empeñado en contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos (Judas 3). Miguel habla y enseña con convicción, con sencillez y claridad.

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