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Miércoles, 20 Marzo 2013 21:20

Carros de Isarel (II)

  • Tres cualidades del Carro de Israel
Escrito por

Para que al final de nuestros días alguien se atreva a llamarnos "carros de Israel y su gente de a caballo" (y no esté errando al hacerlo), nuestra vida debe estar marcada por algunas virtudes que nos convertirán en un poderoso instrumento del cielo.

Tres cualidades del Carro de Israel:

1) La santidad:
Y la palabra del SEÑOR vino por segunda vez a Hageo, el día veinticuatro del mes, diciendo: Habla a Zorobabel, gobernador de Judá, diciendo: "Yo  estremeceré los cielos y la tierra, y volcaré el trono de los reinos y destruiré el poder de los reinos de las naciones; y volcaré el carro y a los que montan en él, y caerán los caballos y sus jinetes, cada uno por la espada de su hermano.
"En aquel día"--declara el SEÑOR de los ejércitos-- "te tomaré a ti, Zorobabel, hijo de Salatiel, siervo mío"--declara el SEÑOR-- "y te pondré como anillo de sello, porque yo te he escogido"--declara el SEÑOR de los ejércitos.
Hageo 2:21-23.

Estos versículos desentonan a simple vista con nuestra enseñanza, a no ser que tomemos en cuenta el contexto, a través del mensaje de Hageo que los precede. El mismo día veinticuatro del mes noveno, en el segundo año de Darío, el profeta en cuestión trae una palabra clara y directa al pueblo que estaba restaurando el templo de Jerusalén y la ciudad. Lo que les viene a decir es lo siguiente (Hageo 2:10-19): ustedes han hecho caso a la palabra de Dios y después de 17 años en los que la obra ha estado detenida y en los que cada uno se ha dedicado a cuidar su propia casa y a subsistir, han reanudado la tarea con una fe renovada. Yo les prometí que cuando lo hicieran les comenzaría a bendecir en todos los sentidos, pero no ha sucedido así. ¿Saben por qué? Porque me están obedeciendo y se esfuerzan para terminar la obra de restauración, pero lo hacen con sus manos inmundas, con unas vidas sucias en las que predomina el pecado, y por eso su trabajo no me es acepto y en la casa que están reedificando no me complazco. Pero si os arrepentís y me ofrecéis vuestro servicio con santidad y limpieza Yo me agradaré de Él y os bendeciré ("¿Está todavía la semilla en el granero? Todavía la vid, la higuera, el granado y el olivo no han dado fruto; pero desde hoy yo os bendeciré." Hageo 2:19).

Y en ese mismo día, a continuación de este mensaje dirigido al pueblo en su totalidad, el Señor le habla a Zorobabel, el gobernador, específicamente para decirle:  aunque vienen días en los que voy a sacudir a las naciones y destruiré su poderío (el carro y el caballo), sin embargo te tomaré a ti... siervo mío... y te pondré como anillo de sello en mi mano.
¡Qué contraste tan especial! Mientras que los carros de la tierra van a ser volcados, el carro de Israel (en este caso Zorobabel, siervo de Dios)  sería confirmado como un hombre de máxima autoridad en la mano del Rey. Un instrumento poderoso del Señor del que se valdría para ejecutar sus planes y declarar su palabra.
Sabemos que este mensaje tiene connotaciones mesiánicas ya que Zorobabel es uno de los antecesores de Cristo (lo hallamos en su genealogía) y que Jesús es la máxima expresión de gobierno en la mano del Padre (su anillo de sellar). Pero a la vez es una palabra alentadora dirigida a aquel buen líder de Israel, con la que Hageo cierra su mensaje profético.

Lo que el Señor me muestra aquí es una recompensa  a la santidad: al pueblo Dios le dice "te bendeciré"; verás una cosecho rica y abundante; mi mano protectora estará sobre vosotros. Pero a su siervo el Señor le dice el mismo día veinticuatro: a ti, Zorobabel, mi carro de Israel y su gente de a caballo, te voy a dar tal poder y autoridad que serás como un anillo real en mi mano. Lo que tú digas será como si lo dijera yo. Lo que tú hagas tendrá mi respaldo real y nadie lo podrá resistir. Y además de ti saldrá el Mesías que reinará para siempre como Mi Anillo de Sellar. ¡Guau!

Cuando los líderes estamos obedeciendo a Dios, y además dándole la santidad de vida que Él reclama de nosotros, somos un carro de Israel que no será volcado como el de las naciones de la tierra, sino que estará fuerte y seguro para ser usado en las manos del Todopoderoso como anillo de sellar. Y además, frente a las naciones del mundo que serán cortadas a Zorobabel se le promete aquí una descendencia poderosa; ni más ni menos que el Cristo que gobernará para siempre sobre toda la Tierra. De la misma forma, cuando hacemos de la santidad nuestro estilo de vida podemos estar seguros de que tendremos un legado sustancioso que dejar a nuestros descendientes y que generaciones poderosas saldrán de nuestros lomos.

Si os dais cuenta la bendición a Zorobabel es mucho más rica que graneros llenos o cosechas aseguradas por el celo del Señor (que fue la bendición prometida al Pueblo). Dios le está diciendo a Zorobabel: tu santidad, sumado a tu obediencia y trabajo esforzado, te van a convertir en un carro de Israel que tendrá una autoridad real y que trascenderá hasta mil generaciones. Sin duda merece la pena consagrase más y más para el Señor.

2) La valentía:
Debemos reparar en este punto en la historia de Jonatán y su escudero registrada en 1ª Samuel capítulo 14. Como bien sabéis los dos pusieron en fuga un ejército entero de filisteos:
"quienes por la fe conquistaron reinos, hicieron justicia, obtuvieron promesas, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada; siendo débiles, fueron hechos fuertes, se hicieron poderosos en la guerra, pusieron en fuga a ejércitos extranjeros". Hebreos 11:33-34.

"Cuando ambos se mostraron a la guarnición de los filisteos, éstos dijeron: Mirad, los hebreos salen de las cavernas donde se habían escondido.
Los hombres de la guarnición saludaron a Jonatán y a su escudero y dijeron: Subid a nosotros y os diremos algo. Y Jonatán dijo a su escudero: Sube tras mí, pues el SEÑOR los ha entregado en manos de Israel. Entonces Jonatán trepó con manos y pies, y tras él su escudero; y caían los filisteos delante de Jonatán, y tras él su escudero los remataba.
La primera matanza que hicieron Jonatán y su escudero fue de unos veinte hombres en el espacio de una media yugada de tierra.
Y hubo estremecimiento en el campamento, en el campo y entre todo el pueblo. Aun la guarnición y los merodeadores se estremecieron, y la tierra tembló; fue un gran temblor. Y miraron los centinelas de Saúl en Guibeá de Benjamín, y he aquí que la multitud se dispersaba yendo en todas direcciones".
1ª Samuel 14:11-16.

Por la fe estos dos hombres se hicieron guerreros poderosos. Su confianza total en el Señor les hizo lo suficientemente fuertes y valientes como para poner en fuga a todo un ejército.

Lo que no se nos debe olvidar es cómo era aquel adversario que estaba acampado ante ellos: "Y los filisteos se reunieron para pelear contra Israel: treinta mil carros, seis mil hombres de a caballo y gente tan numerosa como la arena a la orilla del mar; y subieron y acamparon en Micmas, al oriente de Bet-avén". 1ª Samuel 13:5

Era un rival tan fuerte que Saúl y sus soldados estaban completamente atemorizados e incluso muchos desertaron. Pero el príncipe Jonatán y su escudero afrontaron el peligro y le pusieron una señal a Dios para saber si debían pelear contra los filisteos. En las palabras de Jonatán podemos descubrir la convicción que ardía en su corazón: "Y Jonatán dijo al joven que llevaba su armadura: Ven y pasemos a la guarnición de estos incircuncisos; quizá el SEÑOR obrará por nosotros, pues el SEÑOR no está limitado a salvar con muchos o con pocos". 1ª Samuel 14:6.

Por eso nos atrevemos a decir que este hombre se convirtió en un carro de Israel frente  a los 30.000 carros y la multitud de filisteos. Pero a diferencia de estos el auriga que estaba dirigiendo a ese carro era el mismísimo Dios Todopoderoso, quien hizo temblar la tierra y puso confusión en el campamento de forma que los dispersó.

¿Qué halló el Señor en el corazón de Jonatán? Fe. Pero una fe que le hacía ser valiente hasta extremos insospechados. Esa es la clase de carácter que Dios quiere imprimir también en nosotros para usarnos como su carro de victoria.

3) Humildad.
Números 12:3:  "Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra".

Esta cualidad la vamos a distinguir en Moisés más que en cualquier otro hombre (a excepción claro está de nuestro Señor Jesucristo).
La verdad es que el Señor le llevó a ese estado de dependencia absoluta a la gracia divina tras 40 años en el desierto, pastoreando ovejas y viviendo de la forma más sencilla. A Moisés se le había olvidado hasta lo que llegó a ser en Egipto, y que era poderoso en hechos y en palabras. Cuando el Señor lo llamó en la zarza y le dio la comisión de sacar al pueblo, aquel pastor del desierto tartamudeaba y le dijo: Éxodo 4:3-5 "...Por favor, Señor, nunca he sido hombre elocuente, ni ayer ni en tiempos pasados, ni aun después de que has hablado a tu siervo; porque soy tardo en el habla y torpe de lengua. Y el SEÑOR le dijo: ¿Quién ha hecho la boca del hombre? ¿O quién hace al hombre mudo o sordo, con vista o ciego? ¿No soy yo, el SEÑOR? Ahora pues, ve, y yo estaré con tu boca, y te enseñaré lo que has de hablar. Pero él dijo: Te ruego, Señor, envía ahora el mensaje por medio de quien tú quieras".

No parece un caudillo muy seguro de sí mismo. Ni tenía armas poderosas exceptuando una vara de madera que había usado en sus labores hasta ese día. Pero el Señor lo levanta como Su carro de Israel para volcar los carros de Egipto y todo su poderío. Y vaya que lo logró:
"Los carros de Faraón y su ejército arrojó al mar, y los mejores de sus oficiales se ahogaron en el mar Rojo. Porque los caballos de Faraón con sus carros y sus jinetes entraron en el mar, y el SEÑOR hizo volver sobre ellos las aguas del mar; pero los hijos de Israel anduvieron por en medio del mar sobre tierra seca". Éxodo 15:4 y 19.

Me llama la atención la forma en la que Dios se le revela a Moisés en Horeb (Sinaí): a través de una zarza que ardía y no se consumía. Desde ahí le habló.

Esta visión era todo un mensaje sin palabras: Aunque tú eres pequeño e insignificante como esta zarza del desierto, Yo voy a arder en ti y se verá mi Gloria en tu vida. Arderé en ti y no te consumirás hasta que haya llevado a cabo el propósito para el que te he escogido.

Si queremos que Dios nos use como carro y se monte sobre nuestra cabalgadura debemos ser humildes como aquel pollino que tomó para entrar a Jerusalén. Él no monta en la soberbia o en la autosuficiencia; Él no convive con el poderío del hombre, porque no comparte Su Gloria. Él requiere siervos contritos y corazones quebrantados.

Juan Carlos Parra

Pastor y  comunicador cristiano natural de Murcia, nacido el 15 de febrero de 1978.

Diplomado en Trabajo Social (2001) por la Universidad de Murcia y licenciado en Periodismo (2012) en la misma Universidad.

Ha trabajado como locutor en Radio Televisión Vida desde sus inicios en 1996, pasando a ser en el año 2004 el responsable de programación y en el año 2007 subdirector. 

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