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Lunes, 04 Marzo 2013 15:19

Los Dos Reinos (Tercera Parte)

  • ¿Siervos de Dios o siervos de la Religión?
Escrito por

Prosigue esta interesante enseñanza sobre las diferencias entre el Reino de Dios y el de los hombres, basada en David y Saúl. Extraído del libro 'La Honra del Ministerio' del pastor Juan Radhamés Fernández.

Los siervos de Dios son discriminados en el reino de los hombres y nunca son bienvenidos en su círculo. Nosotros lo hemos vivido en el medio donde Dios nos ha puesto, pues algunos consiervos ni te miran y te evitan, porque por tu lenguaje saben que no simpatizas con la política ni con los intereses humanos  en que están sumidos en sus congregaciones. Pero un día, todos le veremos la cara a nuestro Señor. El apóstol Pablo decía que quería ser aprobado delante  de Dios (2 Timoteo 2:15) y que si en su ministerio buscara agradar a los hombres no sería siervo del Señor Jesucristo (Gálatas 1:10).

DIOS NO REINA, SINO EN SU REINO

A pesar que a Saúl le  importaba más el pueblo que Dios, vemos más adelante que Jehová le da otra oportunidad y envía al profeta a ungirle y a advertirle que esté atento a sus  palabras (1 Samuel 15:1). Dios es santo y es bueno, y  a pesar que el pecado de Saúl le dolió en su corazón le da una nueva misión: 

“Yo castigaré lo que hizo  Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a  hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (vv. 2,3). 

Saúl, entonces, salió a la batalla y derrotó a los amalecitas (v.  7), pero  la Biblia dice que: “tomó vivo a Agag rey de Amalec, pero a todo el pueblo  mató a filo de espada. Y Saúl y el pueblo perdonaron a Agag, y a lo mejor de las ovejas y del ganado mayor, de los animales engordados, de los carneros y de todo lo bueno, y no lo quisieron destruir; mas todo lo que era vil y despreciable  destruyeron. Y vino palabra de Jehová a Samuel, diciendo: Me pesa haber puesto por rey a Saúl, porque se ha vuelto de en pos de mí, y no ha cumplido mis palabras. Y se  apesadumbró Samuel, y clamó a Jehová toda aquella noche” (vv. 8-11).

SAÚL: UN PARADIGMA DE LÍDER RELIGIOSO
Una vez más, Saúl desagradó a Dios y ya ni las intercesiones y clamor de sus santos  podrían cambiar sus resoluciones. Dios no reina, sino en Su reino. Él no se sienta en sitial humano, sino en su propio trono para gobernar a los hombres. Son  vanas las oraciones en las iglesias mientras no haya en ellas un cambio de gobierno. Hay quienes invocan a Dios con sus labios, pero andan en sus propios caminos, y luego cuando les viene juicio son muy idealistas, y apelan por la misericordia divina. Sin embargo, la Biblia dice que la justicia y el juicio son el  cimiento del trono de Dios, y así como Él es tardo para la ira, no tendrá por inocente al culpable (Salmos 89:14; Nahum 1:3). Dios “… no es hombre, para que  mienta, Ni hijo de hombre para que se arrepienta” (Números 23:19); Él es Dios. Hay que dejar que Él reine, sólo así lo veremos actuando a favor del pueblo.  Sin embargo, hay muchos que, aun estando en el camino, siguen perdidos.
Es el caso de Saúl, según vemos en la continuación del relato: “Madrugó luego  Samuel para ir a encontrar a Saúl por la mañana; y fue dado aviso a Samuel, diciendo: Saúl ha venido a Carmel, y he aquí se levantó un monumento, y dio la  vuelta, y pasó adelante y descendió a Gilgal. Vino, pues, Samuel a Saúl, y Saúl le dijo: Bendito seas tú de Jehová; yo he cumplido la palabra de Jehová” (1  Samuel 15:12-13). 

Así como Saúl dicen todos los líderes en el gobierno de los hombres: «Mira lo que hemos hecho. Estamos trabajando: hicimos un templo, hicimos una  catedral, levantamos una iglesia en tal parte, estamos preparando tal cosa, etc.» Muestran un montón de cosas que ellos hicieron, pero no pueden mostrar  nada que Dios les haya mandado a hacer. Samuel no tuvo que inspeccionar el campamento para comprobar si Saúl le estaba mintiendo o no, sino que el  mismo anatema se manifestó en balido de ovejas y mugidos de vacas, a lo que Saúl respondió:”De Amalec los han traído; porque el pueblo perdonó lo mejor  de las ovejas y de las vacas, para sacrificarlas a Jehová tu Dios, pero lo demás lo destruimos” (1 Samuel 15:14-15). Nota el énfasis: “el pueblo los trajo” y “el  pueblo perdonó”, pero a quien Jehová mandó no fue al pueblo, sino a Saúl. Él era el líder, pero gobernaba conforme al pueblo y no conforme al mandato de  Dios.

Hoy también decimos “la junta decidió” y “el concilio resolvió”, y yo me pregunto: ¿en todo eso, dónde está Dios? En el gobierno de los hombres la  mayoría gana, pero en el gobierno de Dios lo que vale es la voluntad del Señor. Por eso, cuando Samuel escuchó la razón que le dio Saúl, le respondió:  “¿Se  complace Jehová tanto en los holocaustos y víctimas, como en que se obedezca a las palabras de Jehová? Ciertamente el obedecer es mejor que los  sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros. Porque como pecado de adivinación es la rebelión, y como ídolos e idolatría la obstinación. Por  cuanto tú desechaste la palabra de Jehová, él también te ha desechado para que no seas rey” (1 Samuel 15:22-23). 

Este era un momento crucial en el reinado  de Saúl, porque a pesar que fue el pueblo que lo pidió como rey, dependía de Dios que él permaneciera  en el trono. Jehová le había dado una nueva  portunidad a este hombre, ¿por qué no siguió su instrucción? Saúl le dijo a Samuel: “Yo he pecado; pues he  quebrantado el mandamiento de Jehová y tus palabras, porque temí al pueblo y consentí a la voz de ellos. Perdona, pues, ahora mi pecado, y vuelve conmigo para que adore a Jehová” (vv. 24, 25). Es decir,  Saúl no obedeció a Dios porque temía al pueblo, pero “¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a   quien obedecéis…?” (Romanos 6:16).
Saúl se había sometido totalmente al pueblo, le cedió su voluntad a tal punto que se hizo su esclavo, y sin autoridad, no  podía establecer la voluntad Jehová. En cambio, en el Reino de los Cielos, se le teme a Dios, no al pueblo, porque el que le puso en autoridad es el Señor para  que le obedezca, no el pueblo para que se le someta. 
Vemos entonces que Samuel acababa de dictarle a Saúl prácticamente una sentencia, la cual revelaba el desagrado que Jehová sintió por su desobediencia. Era el tiempo para Saúl humillarse, para reconocer y rendirse a la voluntad de Dios. Mas, esa no fue su  actitud, sino muy al contrario, trató de “echarle agua al vino”, minimizando el asunto, como diciendo: «Mira, lo que pasa es que el pueblo lo decidió, y es un  poco delicado contradecir al pueblo; ellos eran la mayoría y temí por eso; y los dejé que hicieran las cosas como ellos creían. Reconozco que fallé, pero ven, no  te pongas así, cálmate ¿sí?, volvamos y adoremos juntos a Dios». Mas, un hombre que teme a Dios ve las cosas como Dios las ve, y no se une a lo mal  hecho,  por eso Samuel le respondió: 
“No volveré contigo; porque desechaste la palabra de Jehová, y Jehová te ha desechado para que no seas rey sobre Israel” (1 Samuel 15:26). En ese  momento, Saúl se desesperó, pues no pudo soportarlo y mira lo que ocurrió: “Y volviéndose Samuel para irse, él se asió de la punta de su manto, y éste se  rasgó. Entonces Samuel le dijo: Jehová ha rasgado hoy de ti el reino de Israel, y lo ha dado a un prójimo tuyo mejor que tú. Además, el que es la Gloria de  Israel no mentirá, ni se arrepentirá, porque no es hombre para que se arrepienta” (1 Samuel 15:27-29). 

Amado de mi alma, tú y yo nunca debemos estar con alguien que deseche la palabra de Jehová, aunque no lo tengamos como enemigo (2 Tesalonicenses 3:14-15). El Señor nos ha hablado bastante y nos advierte que no apoyemos ningún proyecto si no estamos seguros que venga de Dios. No colaboremos con  hombres que no obedecen, pues perderemos el tiempo, y no seremos eficaces. Jehová es el que quita reyes y pone reyes, y aquellos que creen que pueden  gobernar fuera de Él, el que mora en los cielos se reirá y se burlará de ellos (Salmos 2:4), porque sus pensamientos son vanidad y Dios los turbará con su ira.  

Jehová estaba airado con Saúl y por eso decidió darle el reino de Israel a otro. Cuando Saúl fue escogido como rey ni él mismo se consideraba digno, se  sentía pequeño ante sus propios ojos, por eso cuando iba ser presentado delante de las tribus de Israel se escondió en el bagaje (1 Samuel 15:17;10:22),  pero Dios lo ungió como rey, lo hizo jefe, lo hizo grande entre los hombres. ¿No era momento para Saúl honrar con su obediencia la honra que recibió? ¿No  era ese el tiempo de humillarse delante del Señor? Obviamente, Saúl tenía los ojos puestos en los hombres, no en Dios, pues nota lo que él le respondió al  profeta: “Yo he pecado; pero te ruego que me honres delante de los ancianos de mi pueblo y delante de Israel, y vuelvas conmigo para que adore a Jehová tu Dios” (1  Samuel 15:30). 

SAÚL AMABA MÁS LA HONRA DEL PUEBLO QUE LA DE DIOS
¡Qué terrible! Lo que le importaba a Saúl era estar bien delante del pueblo, pues para él valía más la honra de los hombres que la de Dios. Él aceptaba que le  había fallado a Jehová, y que el Señor estaba disgustado y que a sus ojos no  era digno, por eso aceptaba su castigo. A Saúl no le importaba que Dios lo deshonrara, pero que no lo hiciera el pueblo. ¿Notas el espíritu del gobierno de los hombres? Es muy grande el dominio que ejerce el pueblo sobre sus líderes, los cuales, por temor a la reacción y al peligro de perder su simpatía, cometen los más terribles pecados y desobediencia a Dios. 

Sabemos lo que pasó luego, Samuel cortó en pedazos a Agag rey de Amalec,  después se fue a Ramá y nunca más volvió a ver a Saúl. Sin embargo no dejó  de orar y llorar por él (1 Samuel 15:33-35), hasta un día que Jehová le dijo: “¿Hasta cuándo llorarás a Saúl, habiéndolo yo desechado para que no reine sobre  Israel? Llena tu cuerno de aceite, y ven, te enviaré a Isaí de Belén, porque de sus hijos me he provisto de rey” (1 Samuel 16:1). Así fue como el hijo de Isaí fue escogido por Dios y ungido para ser rey de Israel (1 Samuel 16:10:13).
Ahora, nota algo; la primera vez que Saúl desobedeció y locamente ofició sacrificios a Jehová sin ser él un sacerdote, el profeta le dijo algo muy importante: “Mas ahora tu reino no será duradero. Jehová se ha buscado un varón conforme a su corazón, al cual Jehová ha designado para que sea príncipe sobre su pueblo, por cuanto tú no has guardado lo que Jehová te mandó” (1 Samuel 13:14). Este  verso nos declara abiertamente que Saúl no tenía el corazón de Dios, porque sólo palpitaba por el pueblo. Sin embargo, David fue escogido por Dios porque  era conforme a su corazón.

Esta verdad, nos lleva a otro nivel en esta enseñanza, la de conocer la vida de dos hombres que representan dos reinos: Saúl el de  los hombres y David el de Dios. 

DAVID REPRESENTA EL REINO DE DIOS
Ahora, ¿qué es tener el corazón de Dios? Busquemos la respuesta en el Nuevo Testamento, donde el apóstol Pablo se refiere  a este incidente: “Luego pidieron rey, y Dios les dio a Saúl hijo de Cis, varón de la tribu de Benjamín, por cuarenta años. Quitado éste, les levantó por rey a  David, de quien dio también testimonio  diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero” (Hechos  13:21-22). Por tanto, un hombre conforme al corazón de Dios es el que hace todo lo que Dios quiere, así como un hombre conforme al corazón del hombre  hace todo lo que el hombre quiere. Y yo te pregunto, ¿tú que corazón tienes, el del pueblo o el de Dios? 

¿CÓMO ERA DAVID?
De manera perfecta, esta pregunta reflexiva nos pudiera servir como final a este segmento, pero es necesario conocer profundamente la intención del Señor  con esta enseñanza. Hemos hablado detalladamente del reino de los  hombres y no fue nada difícil ver la iglesia retratada allí, porque es algo que vivimos a  diario, hombres que quieren vivir en el reino de Dios, pero siendo gobernados por los hombres. Ya vimos que Saúl es representativo de esta forma de  pensamiento, pero ¿cómo era David?

Empecemos delineando su perfil con el siguiente relato: “Envió, pues, por él, y le hizo entrar; y era rubio, hermoso de ojos, y de buen parecer. Entonces Jehová dijo: Levántate y úngelo, porque éste es. Y Samuel tomó el cuerno del aceite, y lo ungió en medio de sus hermanos; y  desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David” (1 Samuel 16: 12-13). 

1. Un  adorador:
Mientras el nombre de Saúl significa “pedido”, David significa “amado”. Él no era tan gallardo ni tan alto como Saúl, aunque sí era de un hermoso aspecto. Mas,  lo más importante que tenía David era que el Espíritu de Jehová estaba sobre él. Nota que desde ese mismo momento, en que David fue ungido como Rey, el  Espíritu de Jehová se apartó de Saúl y un espíritu malo lo atormentaba (1 Samuel 16:14). Veamos qué ocurrió: “Y los criados de Saúl le dijeron: He aquí ahora,  un espíritu  malo de parte de Dios te atormenta. Diga, pues, nuestro señor a tus siervos que están delante de ti, que busquen a alguno que sepa tocar el arpa,  para que cuando esté sobre ti el espíritu malo de parte de Dios, él toque con su mano, y tengas alivio. Y Saúl respondió a sus criados: Buscadme, pues, ahora  alguno que toque bien, y traédmelo. Entonces uno de los criados respondió diciendo: He aquí yo he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar, y es  valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él (1 Samuel 16:15-17).  David era un adorador, y adoraba a Dios de manera tan sublime que al tocar con su arpa, Jehová sanaba, restauraba, aliviaba. Pero nota cómo aun los  mismos criados de Saúl lo percibían: “He aquí yo he visto a un hijo de Isaí de Belén, que sabe tocar, y es valiente y vigoroso y hombre de guerra, prudente en sus palabras, y hermoso, y Jehová está con él” (1 Samuel 16:15-18). El verso se  explica por sí mismo. 

2. Un Hombre de Guerra:
Ahora veamos cómo el hombre de guerra, entre otras cualidades, se manifiesta en David, en el conocido relato, cuando Goliat tenía aterrorizado al pueblo de Israel: “Dijo Saúl a David: No podrás tú ir contra aquel  filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud. David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas  de su padre; y cuando venía un león, o un oso, y tomaba algún cordero de la manada, salía yo tras él, y lo hería, y lo libraba de su boca; y si se levantaba contra  mí, yo le echaba mano de la quijada, y lo hería y lo mataba. Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos,  porque ha provocado al ejército del Dios viviente. Añadió David: Jehová, que me ha librado de las garras del león y de las garras del oso, él también me librará  de la mano de este filisteo. Y dijo Saúl a David: Ve, y Jehová esté contigo” (1 Samuel 17:33-37). 
Es notable el celo de David por Dios. Al hijo menor de Isaí no le importaba enfrentarse a  aquel gigante que se había atrevido a desafiar al ejército del Dios viviente (v. 36). También vemos cómo le atribuye a Jehová todas sus proezas (v. 37), porque  aunque él mataba las fieras con sus propias manos, atribuía a Jehová haberlo librado de morir en esos salvajes enfrentamientos. David estaba consciente de  que su fuerza, su habilidad y destrezas venían de Dios. En otras palabras, este hombre decía: «Yo soy valiente, porque Jehová me da valentía; yo mato leones,  porque Jehová me da la fuerza; y a este lo voy a matar, porque Jehová también me ayudará». En el gobierno de Dios no se habla tanto de las cualidades de los  hombres (si es ungido, si tiene dones, si es profeta, si hace esto, aquello o lo otro, etc.), sino que únicamente se le da gloria al nombre de Dios.

Sabemos que  David mató a Goliat, pero te reto a que me muestres uno de sus salmos donde el salmista se ufana de haber matado a un gigante, porque el único gigante  para David era Dios. Observa ahora sus palabras, cuando se enfrentó al corpulento filisteo: “Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en  el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado. Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te  cortaré la cabeza, y daré hoy los cuerpos de los filisteos a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que hay Dios en Israel. Y sabrá toda  esta congregación que Jehová no salva con espada y con lanza; porque de Jehová es la batalla, y él os entregará en nuestras manos” (1 Samuel 17:45-47). 

3. Un Hombre que vive para Dios:
El líder según el reino de Dios, confía en Jehová, le atribuye las proezas de sus triunfos y cuando sale a pelear no se fía en sus armas, sino en el poder del nombre de Dios. Lo que a él, principalmente, le motivaba a la batalla no era defender al pueblo ni al rey, sino hacerle frente aquel que se atrevía a provocar y  blasfemar el gran nombre de su Dios. David entendía que las guerras eran espirituales, no carnales, eran peleas entre dioses, no entre pueblos. El apóstol Pablo lo definió así: “no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este  siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes” (Efesios 6:12). Observa, por la expresión de David, que en el reino de Dios, todo es  Dios: El arma es Dios, el que pelea es Dios, el triunfo es de Dios, el que gana es Dios, el celo es por Dios y toda la gloria es para Dios. Este pensamiento  contrasta con el reinado de Saúl cuyo énfasis era el pueblo, y todo lo hacía: por temor al pueblo, para retener al pueblo, para complacer las decisiones del  pueblo y para tener el favor del pueblo. En cambio, David todo lo hacía por el Dios del pueblo. Para él, Jehová iba primero, y por eso recibió no tan sólo el favor  del pueblo, sino hasta la simpatía de los siervos del propio Saúl: “Y salía David a dondequiera que Saúl le enviaba, y se portaba prudentemente. Y lo puso Saúl  sobre gente de guerra, y era acepto a los ojos de todo el pueblo, y a los ojos de los siervos de Saúl” (1 Samuel 18:5). Cuando honramos a Dios como primero y  único, todo lo demás viene por añadidura (Lucas 12:31).

Para David, honrar a Dios fue un principio de vida, pero para Saúl que lo desechó, sólo fue una  dolorosa experiencia lo que, precisamente, recibió de aquellos de quienes buscaba reconocimiento. Veámoslo una vez más en los siguientes versículos: “Aconteció que cuando volvían ellos, cuando David volvió de matar al filisteo, salieron las mujeres de todas las ciudades de  Israel cantando y danzando, para  recibir al rey Saúl, con panderos, con cánticos de alegría y con instrumentos de música. Y  cantaban las mujeres que danzaban, y decían: Saúl hirió a sus miles, Y David a sus diez miles. Y se enojó Saúl en gran manera, y le desagradó este dicho, y dijo: A David dieron diez miles, y a mí miles; no le falta más que  el reino. Y desde aquel día Saúl no miró con buenos ojos a David” (1 Samue118:6-9). 

4. Con el Favor del Pueblo:
¿Sabes cuál es la diferencia entre el reino de Saúl y el reino de David? Que Saúl hiere sólo a miles, pero David a diez miles. Saúl peleaba con la fuerza del pueblo y para el pueblo, pero David peleaba con Dios y para Dios. Aquí hay una gran diferencia, y lo vemos en la iglesia en el reino de los hombres que sólo  hay triunfos de miles y en la que reina Dios hay triunfos de diez miles, así es la brecha: de diez a uno. Ahora, lo más importante de esto es que aunque David  no obraba para ganar al pueblo, Jehová le dio el corazón del pueblo. David no vivía para ganarse al pueblo, pero el que tiene a Dios, Dios le da el corazón de su  pueblo, porque el que inclina los corazones es Dios. La Palabra dice: “Mas todo Israel y Judá amaba a David, porque él salía y entraba delante de ellos” (1  Samuel 18:16). También dice: “Y salieron a campaña los príncipes de los filisteos; y cada vez que salían, David tenía más éxito que todos los siervos de Saúl,  por lo cual se hizo de mucha estima su nombre” (1 Samuel 18:30). Cuando un hombre vive para Dios, Él le honra, haciéndolo acepto delante del pueblo  y  engrandeciendo su nombre incluso entre los enemigos. Puede que alguien que desconozca diga: «Bueno, David era así porque todavía no era rey sobre  Israel, pero cuando esté al frente puede que otras sean sus preferencias». Sin embargo, comprobemos que no era así en el siguiente versículo, cuando David  ya reinaba en Israel dice que: “Todo el pueblo supo esto, y le agradó; pues todo lo que el rey hacía agradaba a todo el pueblo” (2 Samuel 3:36). Lo de David era carácter, corazón conforme al de Dios, por eso todo lo que él hacía como rey agradaba no a unos cuantos, sino a todo el pueblo. Bien aplica aquí el refrán que dice: “más vale caer en gracia que ser gracioso”. El proverbista dijo: “Cuando los caminos del hombre son agradables a Jehová, Aun a sus  enemigos hace estar en paz con él” (Proverbios 16:7), ¡cuánto más a su pueblo! 

RECLUTAR vs. AÑADIR:
Otra diferencia entre Saúl y David que muestran las Escrituras era que: “… a  todo el que Saúl veía que era hombre esforzado y apto para combatir, lo juntaba consigo” (1 Samuel 14:52). En cambio, de David dice: “Vinieron todas las tribus  de Israel a David en Hebrón y hablaron, diciendo: Henos aquí, hueso tuyo y carne tuya somos. (...) Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel al rey en Hebrón,  y el rey David hizo pacto con ellos en Hebrón delante de Jehová; y ungieron a David por rey sobre Israel” (2 Samuel 5:1,3). Nota que Saúl “juntaba” y a David se  le “juntaban”, “venían” a él; Saúl reclutaba soldados, a David le seguía el ejército de Jehová (1 Crónicas 12:22,38). Mientras Saúl fue pedido por el pueblo,  reinaba y gobernaba para el pueblo, no obstante, el pueblo se le iba; David amaba a Dios y era amado de Dios, todo se lo atribuía a Dios, peleaba las guerras  de Dios, tenía celo por Dios, obedecía a Dios, todo era para Dios y no le importaba ganarse la voluntad del pueblo, pero Dios se la dio. ¿Cómo es posible que  al que reina para el pueblo, el pueblo se le deserte y al que no reina para el pueblo, el pueblo lo siga y lo apoye? Eso está pasando hoy en la iglesia y seguirá  pasando. Aquellos que gobiernan para el pueblo se van a quedar sin el pueblo, y los que gobiernan para Dios tendrán a Dios y al pueblo de Dios.

5. Que Consulta a Dios:
Ahora  veamos otra cualidad de David, en el siguiente relato: 

“Después subieron los de Zif para decirle a Saúl en Gabaa: ¿No está David escondido en nuestra tierra en las peñas de Hores, en el collado de Haquila, que  está al sur del desierto? Por tanto, rey, desciende pronto ahora, conforme a tu deseo, y nosotros lo entregaremos en la mano del rey. Y Saúl dijo: Benditos  seáis vosotros de Jehová, que habéis tenido compasión de mí. Id, pues, ahora, aseguraos más, conoced y ved el lugar de su escondite, y quién lo haya visto  allí; porque se me ha dicho que él es astuto en gran manera” (1 Samuel 23:19-22). 

Saúl dice que David era muy astuto, porque aun teniendo informe donde el hijo de Isaí se encontraba, él no lo podía hallar. La causa era que David, antes de  hacer cualquier movimiento, consultaba a Jehová y Dios le avisaba  cuando venía Saúl. Comprobemos esto en el siguiente relato: “Dieron aviso a David,  diciendo: He aquí que los filisteos combaten  a Keila, y roban las eras. Y David consultó a Jehová, diciendo: ¿Iré a atacar a estos filisteos? Y Jehová respondió  a David: Ve, ataca a los filisteos, y libra a Keila. Pero los que estaban con David le dijeron: He aquí que nosotros aquí en Judá estamos con miedo; ¿cuánto  más si fuéremos a Keila contra el ejército de los filisteos? (…) Mas entendiendo David que Saúl ideaba el mal contra él, dijo a Abiatar sacerdote: Trae el efod. Y dijo David: Jehová Dios de Israel, tu siervo tiene entendido que Saúl trata de venir contra Keila, a destruir la ciudad por causa mía. ¿Me entregarán los vecinos  de Keila en sus manos? ¿Descenderá Saúl, como ha oído tu siervo? Jehová Dios de Israel, te ruego que lo declares a tu siervo. Y Jehová dijo: Sí, descenderá.  Dijo luego David: ¿Me entregarán los vecinos de Keila a mí y a mis hombres en manos de Saúl? Y Jehová respondió: Os entregarán” (1 Samuel 23:1-3; 9-12). 

David todo lo consultaba con Jehová y el Señor le respondía a su siervo. Así nosotros debemos consultar con Él todas nuestras decisiones, porque nuestro  Dios es el Dios Vivo, no es un ídolo. El que va de la mano de Jehová camina seguro, ni sus pies tropiezan en piedras ni nadie lo arrebatará de su mano. David  se salvó de ser entregado a sus enemigos, no tan sólo porque consultó a Jehová, sino porque estuvo atento a sus instrucciones. Por eso, dicen las Escrituras:  “… y lo buscaba Saúl todos los días, pero Dios no lo entregó en sus manos” (1 Samuel 23:14).

Ahora veamos cómo reaccionaba David ante la adversidad,  cuando él y sus hombres llegaron a Siclag y los de Amalec habían invadido y asolado el lugar, prendiéndole fuego y llevándose cautivos a  sus mujeres y a  todos los que estaban allí, desde el menor hasta el mayor: “Entonces David y la gente que con él estaba alzaron su voz  y lloraron, hasta que les faltaron las  fuerzas para llorar. Las dos mujeres de David, Ahinoam jezreelita y Abigail la que fue mujer de Nabal el de Carmel, también eran cautivas. Y David se angustió  mucho, porque el pueblo hablaba de apedrearlo, pues todo el pueblo estaba en amargura de alma, cada uno por sus hijos y por sus hijas; mas David se  fortaleció en Jehová su Dios (1 Samuel 30:4-6). 

Este fue unos de los momentos más difíciles en la vida de David, el ver a sus hombres desesperados y que el pueblo hablaba de apedrearlo. David estaba  angustiado, como quizás pudo estar Saúl cuando vio que el pueblo se le desertaba, pero ¿qué hizo David? Él no vino con diplomacia al pueblo, a  prometerle  cosas para que ellos creyeran que él tenía el control; tampoco trató de justificarse ante ellos, al verlos en amargura de alma y temía que no le siguieran  apoyando más. Tampoco David hizo como Saúl que dijo: «Déjame oficiar un sacrificio, para que ellos crean que Jehová está conmigo, y que yo sigo aquí,  siendo el ungido». Él no trató de manipular al pueblo, ni tampoco de impresionarlo; su angustia no llegaba a hacerle olvidar quién era él ni cómo a Jehová se  le obedecía. David se fortaleció en Jehová, y siguió las instrucciones (1 Samuel 30:7-8).

Ahora, yo te pregunto, si a ti te secuestran a tus hijos y a tu esposa, ¿consultarías a Jehová si puedes salir a buscarlo o si denuncias a la policía que han sido  raptados? ¿te pondrías a orar en ese momento, y a titubear si llamas al número de emergencia 911? Eso es lo que procede, pero ¿para qué hemos de  consultar a Dios en algo que, obviamente, requiere nuestra acción? Sin embargo, aun eso David lo consultaba a Jehová.

Continuemos viendo esa misma  actitud de David, en otras situaciones: “Después de esto aconteció que David consultó a Jehová, diciendo: ¿Subiré a alguna de las ciudades de Judá? Y  Jehová le respondió: Sube. David volvió a decir: ¿A dónde subiré? Y él le dijo: A Hebrón” (2 Samuel 2:1). 

El que David era el rey de Israel estaba sobreentendido, porque Dios le había dicho a David que cuando Saúl muriese, él sería su sucesor. Mas, cuando mataron a Saúl, en vez de David correr al trono, antes que apareciera alguno, de parte de la familia de Saúl, a heredar la corona, David consultó a Jehová para  buscar su voluntad. Luego que Jehová le respondió “sube”, tampoco se apresuró a ir, sino que preguntó a dónde. Por lo que aprendo, que no es sólo  preguntar qué hago, sino consultar a Dios por específicas instrucciones: «¿qué hago?, ¿cómo lo hago?, ¿cuándo lo hago? y ¿a dónde lo hago?» Ese es el  gobierno de Dios.

Ahora, el fin de todo discurso es este, el relato de oro que está contenido en el siguiente versículo, porque revela el fin de los dos reinos. Ruego a Dios que abra tus sentidos espirituales para que veas y entiendas lo que el Espíritu nos muestra: 
“Hubo larga guerra entre la casa de Saúl y la casa  de David” (2 Samuel 3:1).

LA GUERRA ENTRE LOS DOS REINOS
Amada iglesia de Dios, siempre habrá guerra entre el reino de Dios y el reino de los hombres por largos días, hasta que Cristo se apodere de su iglesia,  rescatándola de las manos de los hombres. Así que no te extrañes, ni te asombres ni te deprimas, porque Jehová nos muestra hoy que habrá larga guerra  entre la casa de Saúl, que es el reino de los hombres, y la casa de David, que es el reino del Señor Jesucristo. Solo no olvides la segunda parte de ese versículo: “… pero David se iba fortaleciendo, y la casa de Saúl se iba debilitando” (2 Samuel 3:1) 

¡Gózate en el Señor, porque ese será el resultado de este conflicto! Siempre hay guerra y habrá guerra en contra de los siervos de Dios. Nosotros lo hemos vivido, cuando en medio nuestro llega alguien del reino de Saúl y se resiste a la unción profética y no tolera el mensaje del reino. También hemos sufrido el menosprecio de quienes se sacuden y se burlan del mensaje, como fue David menospreciado, no nos asombremos por eso. Pero, aunque haya guerra y  pareciera que ésta nunca vaya a terminar, consuélate en saber que el reino de Dios empezará a fortalecerse. Eso es lo que está pasando hoy donde hay  guerra, el reino de Dios está tomando auge y ya en los avivamientos se está hablando en otro lenguaje diciendo que Dios es el todo, que Su reino debe  establecerse, y se habla de propósito, de principios, etc.

El Señor está derribando la casa de Saúl y pronto vendrá a nuestros oídos la noticia de que “Saúl” ha  muerto y su reino ya es parte del pasado. Los que
conocen la historia de la iglesia, saben que esto es verdad. Esta es una revelación que Dios nos da para  que veamos la diferencia en estos dos reinos. Desde ahora en adelante el Señor cambiará tu lenguaje, y cuando te refieras al reino de los hombres vas a decir  el reino de Saúl, y cuando te refieras al reino de Dios dirás el reino de David que es el ungido de Jehová, Jesucristo. Es necesario iglesia que veas si has  dejado a Dios, para irte a los hombres, y digas:

«Yo prefiero a Cristo, yo me decido por el gobierno de Dios y no el de los hombres; yo no pertenezco a Saúl,  sino al David del cielo, a Jesús el ungido de Jehová, el amado del Padre».

Obedezcamos a Dios, dejemos de hacer elecciones ni pongamos al pueblo a  elegir, porque el que elige sus instrumentos, para edificación de la iglesia es Dios. No nos desviemos, sino establezcamos el reino de Dios. 



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Tomado del libro 'La Honra del Ministerio' escrito por Juan Radhamés Fernández.
Juan Radhamés Fernández

El pastor Fernández ha realizado su ministerio radial y televisivo “Voz de Restauración”, trayendo mensajes de restauración, consolación y exhortación al pueblo de Dios, localmente, en el área tri-estatal (Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut), y alrededor del mundo, en los países hispanohablantes. De igual manera, en su misión apostólica, ha sido enviado por Dios a ministrar la Palabra del Reino de los Cielos a iglesias y ministerios a lo largo de Estados Unidos, el Caribe, Sur América y Europa.

Comenzó su ministerio pastoral en 1979, y desde 1986, junto con un gobierno de 17 ancianos establecidos por Dios, pastorea el ministerio “El Amanecer de la Esperanza”, en el condado del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Asimismo, es autor de tres libros donde se han plasmado las experiencias, enseñanzas y revelaciones que Dios, a través de su trato ha tenido con él, tanto en el área personal como en su vida pastoral y comunitaria. Sus obras: “Manual de la Vida en el Espíritu”,  “Para que Dios sea el Todo en todos” y "La Honra del Ministerio".

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