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Viernes, 22 Febrero 2013 18:47

Los Dos Reinos (Segunda Parte)

  • Cuando la iglesia ve que no puede confiar en sus líderes como guías espirituales, entonces busca el sistema de los hombres
Escrito por

Continúa este mensaje del pastor Juan Radhamés Fernández que tiene plena vigencia. Extraído del libro 'La Honra del Ministerio'

Nota la petición del pueblo: “He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones” (1 Samuel 8:5). Es triste reconocer que la iglesia vive hoy en esa realidad. Y lo digo no como una crítica, sino con mucho dolor, porque la iglesia representa el cuerpo de Cristo, y nosotros somos parte de ese cuerpo, así que no podemos decir “ellos”, sino “nosotros”, pues somos una sola cosa. 

La iglesia, desde hace muchos siglos, ha dejado el reino de Dios y le ha dicho al Señor con sus obras: «No queremos que tú reines, sino que un hombre reine entre nosotros». De la forma como Israel menospreció el reinado de Jehová, y prefirió sobre Él al sistema de los hombres para parecerse a las demás naciones, así la iglesia ha apostatado de su confianza del principio. Hasta ese momento, Israel nunca había tenido un rey humano, sino un líder espiritual, un juez o profeta que los guiaba bajo la dirección de Jehová. Así gobernaba Dios en Israel, pero ellos menospreciaron Su forma de gobierno y lo desecharon como soberano de Su reino (1 Samuel 8:7). El sistema de Dios se define como teocrático (del gr. theos, Dios y cracia dominio) que significa “gobierno de Dios”, por lo que en otras palabras, ellos dijeron: «No queremos teocracia sino democracia (del gr. demo, pueblo y cracia, dominio)», que gobierne el pueblo.

DOS CARACTERÍSTICAS MÁS DEL GOBIERNO DE LOS HOMBRES
Indudablemente, hace muchos siglos que la iglesia está  desviada por el gobierno de los hombres, y es necesario que ahora nos volvamos a Dios. Por lo cual, apliquemos cada advertencia que hizo Samuel a la  iglesia de hoy, y veamos qué ocurre cuando el hombre reina en la iglesia y no Dios:

“Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro; y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de  guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus  siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros  rebaños, y seréis sus siervos. Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día”.  (1 Samuel 8:11-18).

En la anterior entrega estudiamos las tres primeras características: 
1. “tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro”
2. “… y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas”
3. “… los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. Tomará  también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras”

Y ahora nos quedan las dos finales:

4. “Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras,de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos”
El reino del hombre toma lo mejor de tus dones, de tus capacidades, de tus bienes, etc., y los da a los de su círculo, a su grupito, solo a los que son como ellos y mantienen la organización. De esta manera, sus oficiales y los que le sirven (que son como ellos) son los que salen en misiones, en giras, los que  predican, los que tienen autoridad, etc. y no precisamente aquellos a quienes el Señor llamó y capacitó para ello. Te sacrifican a ti y te exigen todo lo tuyo, para hacer lo suyo. Luego salen los grandes titulares de lo mucho que han hecho, pero en verdad, no han movido ni un dedo. Hecho así, tú tienes la visión, pero  ellos la toman para sí; tú escribes el libro, pero ellos son los autores; tú el que trabaja, ellos se toman el crédito; tú tienes el don, pero ellos son los “ungidos”; tú eres el dueño de la hacienda, pero ellos te la quitan para la institución; tú tienes tus hijos espirituales, ellos toman los mejores para que sirvan a su  institución, y al final también te convierten a ti en su servidor. Ellos hacen de los escogidos sus sirvientes y los humillan, les imponen castigos y los ponen en disciplina si no se someten, convirtiendo en esclavitud la libertad que les ha dado Cristo Jesús. Para el reino de los hombres, lo que importa no es lo que diga la Palabra  de Dios, sino lo que le conviene a la institución.

LA SÁTIRA DE LOS PESCADORES

Alguien escribió una sátira refiriéndose a la manera cómo la iglesia evolucionó de Cuerpo de Cristo a institución eclesiástica, de organismo viviente la organización religiosa, la cual te la compartiré, de manera parafraseada, a continuación: «Cuentan que en el principio todos los cristianos eran pescadores de hombres. Cuando salían al mar a pescar, pescaban muchos peces, pues Dios los bendecía. Pero cuando la iglesia comenzó a crecer, algunos del gobierno  de los hombres comenzaron a decir: “En verdad, hay que ser conscientes. Miren esos hombres que pasan el día entero pescando con esas redes anticuadas.  Vamos a hacer redes modernas para facilitarles el trabajo”. Así lo hicieron, pero después se fijaron que los botes eran muy pequeños e inseguros y decidieron  hacer grandes barcos de pescas. Ya tenían redes modernas, poseían trasatlánticos para pescar, pero luego dijeron: “Oye, ¿y por qué no les hacemos  escuelas a los hijos de los pescadores? Eso es justo, porque ellos trabajan en el altar”. Entonces hicieron escuelas para los hijos de los pescadores, también  colegios y universidades. »Luego dijeron: “¿Por qué no escogemos entre ellos a los más destacados y los llevamos a nuestras universidades para que  enseñen a pescar?” De ahí surgieron los llamados seminarios. Después dijeron: “Pero los pescadores se enferman, vamos a hacer hospitales para sanarlos  cuando se enfermen, ¡es justo!”. Y llegó un momento que la iglesia tenía de todo: modernas redes para pescar, flamantes barcos para navegar, destacadas  escuelas y seminarios para enseñar, avanzados hospitales donde se podían sanar, etc. pero el resultado de todo eso fue que ya nadie salía a pescar, ya que  todos estaban ocupados en distintos quehaceres burocráticos. Había tiempo para todo, menos para la pesca [hoy en día ocurre lo mismo. Hay tantas  instituciones, pero no hay quien salga a hacer la obra].

»Sucedió entonces -continúa la sátira- que al paso del tiempo un visionario se lanzó a alta mar y tiró sus redes. Este hombre pescó muchos peces e inmediatamente lo supieron los hombres de los seminarios, y alarmados dijeron: “¿Cómo puede ser que fulano está en alta mar y haya pescado una gran camada de peces?”. Cuando el hombre llegó a la orilla lo estaban esperando y comenzaron a preguntarle: “¿Cómo fue que los pescaste? ¿de qué forma  tiraste la red? ¿qué método empleaste? ¿quién te mandó a que lo hicieras? ¿a qué concilio perteneces?” Y el hombre respondía: “Bueno, yo quería pescar, y  tiré la red así, y después hice así y luego así y así…”. Entonces ellos respondiendo: “No, tú no puedes estar pescando. Eres algo prodigioso. A ti hay que  llevarte como catedrático de la universidad para que enseñes a los demás a pescar”. Así lo hicieron, y al único que salió y pescó también lo reclutaron». Esa es  la iglesia hoy, donde hay un sinnúmero de organizaciones, un montón de burocracia, tecnología y equipos modernos, pero no hay quien haga la voluntad de  Dios, pues nadie hace nada en el sentido espiritual, y al que hace algo, también lo reclutan para la organización. Conocemos una gran cantidad de hospitales  famosísimos que eran “cristianos”, incluso algunos se identifican todavía con el nombre de la denominación que lo fundó, pero lo que era una casa de salud  se ha convertido en un emporio de salubridad que toma muchas cuadras, pero si llegas allí enfermo (seas cristiano o no), si no tienes un plan médico no te  atienden. Y me pregunto, ¿dónde está la piedad, la compasión y los principios de Dios? Allí no tienen cabida, pues esa organización ya no tiene nada de Dios, y es gobernada por el hombre.

OTRA PROBLEMÁTICA: EL MANEJO DEL DINERO
También hay iglesias que se dedican a guardar dinero y llega un momento que sus cuentas están tan repletas que el estado tiene que decirles que inviertan  ese dinero, porque al gobierno no le conviene que instituciones sin fines de lucro y exentas de impuestos, mantengan su dinero detenido en el banco.  Entonces, el dinero de la iglesia, en lugar de ir a la casa de los pobres, va a la bolsa de valores, y se compran acciones en compañías que si estuviéramos conscientes a qué se dedican,  lloráramos de dolor. Algunas inversiones se han hecho en empresas cuya especialidad es en la venta de armas de fuego, por  ejemplo, y sin embargo, sé de iglesias que no les interesa invertir en la visión de Dios. Alegan que no hay dinero para predicar, no hay dinero para ayudar al  necesitado de la iglesia, no hay dinero para hacer la obra de Dios, pero sí para todo aquello que mantiene la organización. Eso es lo que pasa hoy y pasará  siempre donde gobierne el hombre y no Dios. Todo lo que pasa y se mueve en el reino de los hombres es para promover sus nombres y darse a conocer.  Gastan millones en promoción para pedir ofrendas monetarias y mantener su institución, pero cuando les escriben pidiendo oración, abren el sobre, toman la  ofrenda y tiran la carta a la basura. ¡No hay corazón! No les importa las almas, sino hacerse grandes y ser conocidos. Igualmente, cuando les viene abundancia  por causa de la unción, se dicen: «Hasta el perro de mi casa, debe comer en tazón de oro, pues yo soy el ministro de Dios. Mi Padre es el dueño del oro y de la  plata, yo merezco lo mejor, por eso vivo en una mansión, porque yo soy el de la unción. Y si no me rentan o compran un jet, no iré a ninguna misión». El tiempo  de ellos siempre es, pero el de Dios nunca llega.

¿DERECHOS DE AUTOR?
Asimismo, ellos se dan las ínfulas de ser grandes autores, pero lo que realmente hacen es que se adueñan del derecho de autor, aunque otros sean que hayan escrito los libros. Ellos echan a un lado al “hermanito” que Dios usó y no  le dan ningún crédito- y se justifican en que ellos son la lámpara donde Dios puso la revelación para levantar esa organización en la que han “gastado su vida”, y que por su nombre estar en la portada es que la gente comprará el libro. Y  puede que alguno haya escrito alguna obra, pero ¿quién les dio la inspiración y la gracia para escribirlo? ¿Para qué lo escribió, cuál fue su motivación? ¿No se lo dio Dios para la edificación de su iglesia? ¿de qué se glorían? Porque, como bien dijo Pablo: “¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y  si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?” (1 Corintios 4:7). Mientras escribo esto, mi corazón sangra, pues nunca ha sido mi  motivación criticar a la iglesia. Una cosa es la iglesia y otra el institucionalismo eclesiástico; la iglesia solo es la víctima secuestrada por ese tirano.

Hoy los hombres de Dios se sienten obligados a negociar y a cumplir las exigencias y demandas de los secuestradores, con tal de no hacer daño a la iglesia cautiva. La razón por la cual el Señor te habla a ti de aflicción y persecución por causa de la Palabra es por esa. Hay intereses demasiados poderosos para que el gobierno de los hombres quiera oír el mensaje de Dios. Los puedo escuchar decir: «Reconocer ese mensaje como de Dios haría que todo nuestros esfuerzos se vengan al suelo. Yo no puedo entregar mi iglesia a lo “espiritual”, para que, supuestamente, el Espíritu la guíe, no, eso jamás. Yo también tengo el Espíritu  de Dios y sé lo que hago». A ellos no les resulta fácil, después de tener una plataforma establecida donde eran las estrellas, dejar que el que brille sea Dios y   ellos desaparezcan; les es muy difícil soltar a aquellos de quienes se benefician, se nutren y se mantienen. El apóstol Pablo usó esta expresión: “mis  colaboradores en Cristo Jesús” (Romanos 16:1); sí, colaboradores del apóstol, pero en el Señor. Es decir, la razón por la que sirves no soy yo ni es para mí, es  para Dios y en Dios. Por eso, no debo apropiarme de tus dones ni beneficiarme de ellos, sino junto contigo dar honra al único digno, al Señor nuestro Dios. A  ellos y a sus colaboradores hay que hacerles todo y darles de todo, pero es para su beneficio personal y no para honrar a Dios. Y aquí no estoy diciendo que  pongamos bozal al buey que trilla, porque el obrero es digno de su salario (1 Timoteo 5:18), a lo que me he referido -y quiero que quede claro- es que te hacen  “trabajar para Dios”, pero al final, el fruto de su trabajo es para ellos, para la organización. Eso es algo muy penoso, porque como bien dijo el predicador:  “Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír” (Eclesiastés 1:8). Por eso, el reino de  los hombres tipifica el andar en la carne, donde sólo hay demandas, exigencias, un apetito insaciable de placeres y mucha presión. Todo eso se convierte en  un gran suplicio, algo muy distinto a cuando reina Dios que hay paz, reposo, y toda buena obra. Por eso el profeta termina advirtiendo:



5. "Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día”
Esa es la razón por la que vemos cómo la iglesia gime, clama y lamenta con muchas lágrimas y lloro por todas estas injusticias, pero es como si los cielos  fueran de bronce y su clamor no se escuchara. Mas, ¿cómo Dios va a oír si a Él no lo tienen como rey ni lo dejan gobernar? Mientras los hombres reinen, el  cielo va a estar cerrado, porque Jehová no puede contestar las oraciones de la iglesia para que los hombres la administren para su propio peculio. 
 
El reino de Dios es de Dios y para Dios, no para los hombres. Por eso Dios cerró el oído, pues  ellos lo desecharon y aunque clamen a Dios e invoquen su nombre Él no los oirá. No obstante,  a pesar del cuadro tan realista que el profeta le expuso sobre el reino  de los hombres, el  pueblo no lo quiso escuchar, sino que dijo: “No, sino que habrá rey sobre nosotros; y nosotros  seremos también como todas las naciones, y nuestro rey nos gobernará, y saldrá delante de  nosotros, y hará nuestras guerras” (1 Samuel 8:19- 20). En otras palabras: «No nos importa  como el hombre gobierna, ya te dijimos, queremos ser como las demás naciones; elígenos un rey». Eso lo está diciendo la iglesia desde hace mucho tiempo: «No podemos estar  levándonos por profecías y luego esperar también un tiempo para confirmación, si ya sabemos  lo que tenemos que hacer. Nosotros también tenemos el Espíritu de Dios y hemos organizado  todo en nuestra constitución. Tenemos que tener un líder que nos represente. La iglesia está  muy anticuada y es necesario que se modernice al nivel de cualquier institución del mundo. No  podemos quedarnos atrás, tenemos que ir a la par del mundo. Elegiremos uno que nos represente (el más inteligente y dotado) a ese seguiremos y él se encargará de todo nuestros  asuntos». Mas, cuando la iglesia desecha a Dios y prefiere al hombre, no solamente se aparta  del Señor, sino que también se desliga de todo lo relacionado con Él.

Por tanto, como el pueblo  insistió en su descabellada idea, Jehová le dijo  a Samuel que hiciera lo que ellos le pidieran.  Por lo cual, el profeta ungió a Saúl como rey de Israel (1 Samuel 10:1). ¿Sabes qué significa el  nombre Saúl? Pedido. El pueblo deseó un rey y Dios le buscó uno conforme al corazón del pueblo. ¿Fue Saúl elegido por Dios? No, fue señalado por Dios, pero “pedido” por el pueblo. Por eso le dijo a Samuel: “Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan” (1 Samuel 8:7), porque Jehová haría exactamente lo que ellos querían. 

EL REY CONFORME AL PUEBLO
El pueblo quería un rey alto, fuerte, robusto, guerrero y valiente, como los reyes de las naciones, y eso mismo le dio Jehová, un tremendo ejemplar. Por eso,  vemos más adelante cuando Samuel va a la casa de Isaí a buscar el rey conforme al corazón de Dios, pensaba: «Bueno, este hombre deberá superar en todo  a Saúl», y al ver a Eliab, el hermano mayor de David, por su buen parecer y lo grande de su estatura, dijo: “De cierto delante de Jehová está su  ungido” (1  Samuel 16:6), y si Dios no lo refrena, él lo unge. Esta es la única vez que la Biblia muestra que este profeta se equivocó. Él sabía encontrar las burras y hasta  las agujas que se perdían, pero al hombre de Dios, no lo pudo identificar. Samuel estaba buscando un rey de acuerdo a las características de los hombres,  pero el elegido era conforme al corazón de Dios. Saúl fue pedido por el pueblo y Dios lo eligió para el pueblo. Jehová no le puso tropiezo a Saúl ni al pueblo,  todo lo contrario, les apoyó en sus decisiones. Lo único que Dios pedía era obediencia, por eso Samuel les advirtió en su discurso de despedida: “Solamente  temed a Jehová y servidle de verdad con todo vuestro corazón…” (1 Samuel 12:24). Esto quiere decir que Dios no eligió a Saúl para fracasar, aunque lo eligió  con dolor. Veamos ahora como reinó Saúl, el “pedido” por el pueblo. Leamos el siguiente incidente, que retrata muy bien  el perfil de este hombre que era  semejante a los reyes de las naciones: 
 
“Y se juntó el pueblo en pos de Saúl en Gilgal. Entonces los filisteos   se juntaron para pelear contra Israel, treinta mil carros, seis mil  hombres de a caballo, y  pueblo numeroso como la arena que está a la orilla del mar; y subieron y acamparon en Micmas, al oriente de Bet-avén. Cuando los hombres de Israel vieron  que estaban en estrecho (porque el pueblo estaba en aprieto), se escondieron en cuevas, en fosos, en peñascos, en rocas y en cisternas. Y algunos de los  hebreos pasaron el Jordán a la tierra de Gad y de Galaad; pero Saúl permanecía aún en Gilgal, y todo el pueblo iba tras él temblando. Y él esperó siete días,  conforme al plazo que Samuel había dicho; pero Samuel no venía a Gilgal, y el pueblo se le desertaba. Entonces dijo Saúl: Traedme holocausto y ofrendas de  paz. Y ofreció el holocausto. Y cuando él acababa de ofrecer el holocausto, he aquí Samuel que venía; y Saúl salió a recibirle, para saludarle. Entonces Samuel  dijo: ¿Qué has hecho? Y Saúl respondió: Porque vi que el pueblo se me desertaba, y que tú no venías dentro del plazo señalado,  y que los filisteos estaban reunidos  en Micmas, me dije: Ahora descenderán los filisteos contra mí a Gilgal, y yo no he implorado el favor de Jehová. Me esforcé, pues, y ofrecí holocausto. Entonces Samuel dijo a Saúl: Locamente has hecho; no guardaste el mandamiento de Jehová tu Dios que él te había ordenado; pues ahora Jehová hubiera   confirmado tu reino sobre Israel para siempre” (1 Samuel 13:4-13).

ESPERAR EN DIOS
Destaquemos ciertas enseñanzas que se desprenden de este relato. Nota que Saúl esperó siete días según el plazo que el profeta le había dado, antes de  proceder, pero como Samuel no llegaba, el pueblo se le desertaba. Cuando se obedece la voluntad de Dios se paga el precio de esperar en Él, aunque tomemos el riesgo de quedarnos solos. Saúl comenzó a ver que el pueblo se le iba y cometió el gran error de hacer algo que no le correspondía, y ofició a Jehová. Esta función era exclusiva de los sacerdotes que Jehová había apartado para el santo oficio. Pero este hombre hizo esa locura, no porque quería  adorar a Dios, sino porque veía que el pueblo se le escapaba, y para Saúl el pueblo era más importante que obedecer una ordenanza de Dios. Por eso,  Samuel  le dijo: “Locamente has hecho” (v. 13), lamentablemente Saúl era un gobernante del pueblo y únicamente le importaba complacer al pueblo, no a  Dios.

¿AGRADAR A DIOS O AL PUEBLO?
Eso es, justamente, lo que pasa hoy en día en la iglesia. Cuando los que  dirigen se dan cuenta que el pueblo no quiere algo en particular o que los miembros  se les están yendo de la iglesia, inmediatamente comienzan a cambiar las cosas, para que no les deserten ni les abandonen. A ellos no les interesa obedecer  ni agradar a Dios, sino complacer al pueblo. En el reino de los hombres la elección de la mayoría es la que gana, porque son elegidos por el pueblo y para el pueblo.
En cambio, en el reino de Dios las cosas ocurren totalmente contrario. Cuando a Jesús los discípulos le dijeron que la gente se estaba ofendiendo y  que muchos se volvían atrás, luego de escuchar el mensaje que predicaba, él les dijo: “¿Queréis acaso iros también vosotros?” (Juan 6:67). Jesús no iba a  cambiar aunque les pareciera a ellos duras sus palabras. En el gobierno de Dios no importa el pueblo, sino Dios. La Palabra de Dios dice: “… todos los que  quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12), por lo que entiendo que cuando sacrificamos el deseo del hombre por  obedecer la voluntad de Dios, seremos perseguidos. Son muchas las voces que se levantan en contra, pero Jesús dijo: “Bienaventurados sois cuando por mi  causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo” (Mateo 5:11). Si murmuran de un mal testimonio, eso es otra cosa,  pero si viene la persecución por causa de la palabra, y nos acusan mintiendo, Dios será nuestro defensor. Por eso, amado, óyelo bien, a la iglesia lo que le  debe importar es agradar a Dios haciendo su voluntad. Como “oveja”, eres importante en el redil, para alimentarte con sus delicados “pastos”, pero no te  seguimos a ti, sino al pastor que es Dios.

SE CAMBIAN LA CONVICCIÓN POR LOS INTERESES
En una ocasión alguien me compartió una anécdota de  y el mesero estaba  prejuiciado contra él, porque había leído que los judíos habían matado a Jesús. La molestia del meserun judío que fue a un restauranteo era tan grande que le dijo a su jefe: «Usted me va a  perdonar, pero yo no voy a atender a ese judío, porque ellos mataron a Jesucristo», a lo que el dueño del restaurante le contestó: «Si tú no le sirves, estás  despedido». Presionado por la condición, decide de mala gana atenderle, y el judío cuando se fue le dejó una jugosa propina.  Cuando el mesero va a limpiar la mesa, se encuentra con la generosa suma, la toma y la introduce en su bolsillo. El dueño del lugar, al verle, se le acerca y le cuestiona con un gesto, a lo  que el mesero rápidamente le responde: «Bueno, los judíos no fueron tan malos; ellos no mataron a Cristo, solo lo torturaron». Así es el reino del hombre, por  intereses cambia rápidamente su convicción.

Igualmente, cuando el hombre gobierna la iglesia y ve que no hay ofrendas y se están bajando las arcas del  tesoro, ponen a todo el mundo a orar y a ayunar y buscan que el profeta les hable. Mas, una vez que tienen el dinero, ya no hay tiempo para las cosas del  Espíritu y ni caso les hacen a los profetas de Dios. En mis tiempos de estudiante tuve un maestro que decía a la clase: «por la plata baila el mono, y si no baila  el mono, baila el dueño del mono», y   todo eso, por intereses. Hay que estar bien convencidos en Dios para mantenerse en sus principios, a pesar de ver que  el pueblo se va y que nos quedamos solos. A Juan el bautista sus seguidores se le fueron también (Juan 3:26), pero él dijo: “No puede el hombre recibir nada,  si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es  el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es  necesario que él crezca, pero que yo mengüe” (Juan 3:27-30). Así habla un hombre que está claro y comprometido con la verdad, el cual no le importa  quedarse solo, sino cumplir lo que Dios le mandó a hacer.  
 
CONTINUARÁ...

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Tomado del libro 'La Honra del Ministerio' escrito por Juan Radhamés Fernández.
Juan Radhamés Fernández

El pastor Fernández ha realizado su ministerio radial y televisivo “Voz de Restauración”, trayendo mensajes de restauración, consolación y exhortación al pueblo de Dios, localmente, en el área tri-estatal (Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut), y alrededor del mundo, en los países hispanohablantes. De igual manera, en su misión apostólica, ha sido enviado por Dios a ministrar la Palabra del Reino de los Cielos a iglesias y ministerios a lo largo de Estados Unidos, el Caribe, Sur América y Europa.

Comenzó su ministerio pastoral en 1979, y desde 1986, junto con un gobierno de 17 ancianos establecidos por Dios, pastorea el ministerio “El Amanecer de la Esperanza”, en el condado del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Asimismo, es autor de tres libros donde se han plasmado las experiencias, enseñanzas y revelaciones que Dios, a través de su trato ha tenido con él, tanto en el área personal como en su vida pastoral y comunitaria. Sus obras: “Manual de la Vida en el Espíritu”,  “Para que Dios sea el Todo en todos” y "La Honra del Ministerio".

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