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Lunes, 08 Octubre 2012 11:18

Dios sobre todos, por todos y en todos (2ª Parte)

  • Continúa esta poderosa enseñanza sobre la totalidad de Dios
Escrito por

El cuerpo funciona como una unidad, como lo que es, un organismo. Dios, en su misericordia, nos ha venido diciendo que ya en Cristo logró ser el todo, y por ende en la iglesia, que es el cuerpo de Cristo, Dios también lo será.

 Él no solamente quiere ser el todo en mí, individualmente, como un miembro del cuerpo, sino también en todos los creyentes como una unidad completa. Dios habla de muchos «unos» que se convierten en un todo: un cuerpo, un Señor, una vocación, una fe, un bautismo. Todo eso es un conjunto de cosas individuales que forman un todo. Por eso, cuando termina, vemos que dice: «un Dios y Padre de Todos, el cual es sobre todos». Sobre todos significa que tiene el dominio sobre todo y que está encima de cualquier posición, autoridad y poder, que sobre él no hay nada ni nadie.
 
En el mundo Dios no es 
el todo, pero en esas vidas 
que tomó del mundo él 
es y será su todo.
 
Sabemos que en el mundo Dios no es el todo, pero en esas vidas que tomó del mundo él es y será su todo. Dios es el todo en la nueva creación, por eso, cuando ocurre en nosotros el nuevo nacimiento, nos entregamos a él sin ningún tipo de cohesión, pues su poder y autoridad se nos sugiere de manera tierna y amorosa. Dios está sobre la iglesia, la cual ha sido redimida, y se le ha sometido y le sirve voluntariamente. Por tanto, Dios está sobre todos los que son del cuerpo, sobre todos los que tienen una misma fe, sobre todos los que tienen una misma esperanza, sobre todos los que han sido participantes de ese solo bautismo, sobre todos los que tienen a Jesucristo. Sobre todos ellos, él es el todo. Tiene el dominio y la autoridad sobre nosotros, porque nos redimió y nos compró con su sangre. 
 
Si eres un creyente, Dios está sobre ti. Ahora, ¿reina Dios en tu vida? ¿Tiene el dominio, el señorío, la autoridad, la potestad sobre ti? ¿Vas a la iglesia y te sientas en una silla para que Dios sea el todo? ¿Cantas, sirves a Dios para que él sea el todo? ¿Obedeces a Dios, sigues sus instrucciones y te unes al hermano para que él sea el todo? Es importante saber esto, porque eso nos resume todo en nuestra vida espiritual. Dios te dijo en su Palabra que él quiere que le conozcas, le creas y le entiendas (Isaías 43:10). Y con esa palabra te está resumiendo un libro que tiene como tres mil quinientos años de historia, y tantas áreas de enseñanzas que nunca se terminaría su predicación. Si Cristo no viniera y cruzáramos los siglos, todavía estaríamos predicando cosas nuevas, escribiéndose libros de todo lo que Dios ha dicho. Sin embargo, Dios dice que todas esas cosas, los sesenta y seis libros de la Biblia, con todos los remas y todo lo que se ha sacado de las Santas Escrituras, al final, se resume en una sola cosa: Dios es el todo y debe ser el todo. 
 
Cristo vino para que el Padre sea el todo, y al final va a quitar todo lo que impide para lograr ese propósito. Yo me siento súper honrado de que Dios me haya hecho parte de ese todo, aunque sea una parte muy ínfima en él. Dios nos habla de «uno»: un cuerpo, un espíritu, una esperanza, un Señor, una fe, un bautismo y muchas otras cosas, individuales y no menos importantes, pero que solo tienen eficacia cuando forman el todo de Dios. Pensemos en las partes que tiene el cuerpo; en los millones de células, moléculas, átomos, protones y neutrones que lo forman. Ahora aplica eso a lo que estamos estudiando. Vemos, entonces, que nosotros venimos a ser una cosita de ese cuerpo, una ínfima parte entre todos esos unos y todas esas unidades. Dios es el todo y yo soy una pequeñísima unidad en una de esas partes que se llama el cuerpo. Pero ahora puedo decir que soy feliz, porque antes era menos que nada, ni existía, y ahora he sido añadido, y por su gracia soy una partecita de ese todo que es Dios. Una parte quizás ínfima, pero muy importante cuando contribuye al todo de Dios. Pido al Padre que interiorice en nosotros este rema, la parte espiritual de su Palabra, para que entendamos lo que significa ser parte del cuerpo, así como la importancia de ocupar el lugar que nos corresponde y de realizar la función por la que fuimos creados y llamados para ser parte del todo. 
 
¿Qué ocurre en el cuerpo cuando uno de sus miembros se niega a funcionar? Supongamos que el cerebro manda un mensaje a los pies para que caminen y estos se nieguen a ejecutar la orden, respondiendo: «No, hemos decidido no caminar más». ¿A dónde irá el cuerpo? Vayamos aún más lejos, a algo peor, imaginemos lo que ocurriría en el cuerpo si sus miembros se oponen los unos a los otros. Figuremos lo que sucedería si se suscita una rebelión en el cuerpo humano, algo así como relataremos a continuación: 
 
«Sucedió que la lengua —un miembro del cuerpo sumamente peligroso (Santiago 3:5-12) — se rebeló contra el estómago. ¿La razón? Ella alegó que el estómago es muy zángano y majadero, pues solamente está ahí para recibir los alimentos, que con mucho esfuerzo ella deglute, incluso —se quejaba ella— pasando «tragos amargos», para que luego él, que se considera «muy delicado y sensitivo», lo devuelva todo hacia fuera, de manera repugnante y violenta». También añadió el órgano carnoso que ya no podía soportar más que el estómago se aquejara tanto cuando no recibía la comida a tiempo, por lo que haría lo imposible por acabar con sus protestas y quejas. Así que no conforme con tener todos esos argumentos en contra de la bolsa digestiva, la lengua también habló con los dientes y con la saliva sobre el asunto, a quienes convenció a su favor, por algo vivían juntos, ¿no? Los tres se pusieron de acuerdo y le hicieron llegar la voz de protesta a la nariz y a los ojos, quienes llegaron a la conclusión de que ellos también tenían causas, quizás mucho más valederas, para estar en contra de él. Los ojos decían que ellos se cansaban de ver y la nariz de oler y no obtenían nada, por lo tanto, parecía verdad lo que decía la lengua, que el estómago todo lo quería para él. Así que acordaron unirse a la huelga y no trabajar más. 
 
»La mañana pasó y el tubo digestivo no recibió nada de comer durante el día, por lo que empezó a quejarse, entonces la lengua, como portavoz, consideró que era el momento de comunicarle al estómago la decisión que ella, los dientes, la saliva, los ojos y la nariz habían tomado. Así que le dijo: “¡Oh! ¡Ya te despertaste y de inmediato empiezas a quejarte! Pues mira, como habrás notado, hemos decidido no trabajar más para ti. Estamos cansados de complacer tus apetitos y todos tus deseos, ¡glotón! Ya no contribuiremos más a ampliar tu zona de comodidad, pues eres un tragón, holgazán y egoísta, así que si es por nosotros, te puedes retorcer del hambre. ¡Ja!”. Al estómago, aunque conocía la fama de la lengua —lo conflictiva que era—, le tomó de sorpresa el complot, y un frío le recorrió sus paredes, pero no se amedrentó, sino que les dijo: “¡Ahhh! Ya entiendo. Todos se han confabulado en contra mía, pero lo que no comprendo es cómo han podido ser seducidos de esa manera, sabiendo cómo funcionan las cosas. Solo les diré algo, hagan lo que quieran, pero yo seguiré cumpliendo con mi función, aunque ustedes no lo entiendan y me culpen de tantas cosas. Por tanto, haré lo que siempre hago; ustedes no me van a presionar. Para esto fui creado y existo”, y comenzó entonces a clamar por comida». Así que se armó la cuestión: La nariz dijo: “Esta que está aquí no olfatea más”; los ojos dijeron: “Nosotros ni para la cocina vamos a mirar”; los dientes dijeron: “¡Se acabó aquí el masticar!”; la saliva dijo: “Yo no le voy a suavizar la comida a ese vago”; y la boca dijo: “Yo ni siquiera me voy a abrir, ¡zzziip!”. Por lo tanto, como los órganos sensoriales no mostraron ninguna señal, eso impidió que el cerebro se percatara del asunto y diera la orden a las manos y a los pies de buscar qué comer. Así que involuntariamente, sin saberlo, todo el cuerpo se unió y estaba en contra del estómago. 
 
»No obstante, pasadas siete semanas, la cosa se puso seria. Los ojos se quejaron de que no tan solo no podían ver la comida, sino nada, ya que percibían que todo daba vueltas a su alrededor y ellos también. La nariz entonces confesó que desde hacía varios días no aguantaba ningún olor, pues los consideraba demasiado fuertes para su olfato. Los brazos se quejaron de que no podían levantarse. Las rodillas dijeron que se sentían flojas, y los pies aullaban de dolor, porque las piernas no se movían y ellos ya no podían sostener más el volumen de carne y huesos, por lo que temían que el cuerpo se derrumbara en cualquier momento. 
 
»Pero la cosa por dentro no parecía tan sencilla, sino estaba peor. Sucede que el hígado no se había percatado del asunto, y al estar produciendo bilis constantemente, fue llenando la vesícula biliar hasta el tope, por lo que esta empezó a enviar el amargo líquido al duodeno. El duodeno como hacía tiempo no recibía nada de sus otros compañeros, miembros del aparato digestivo, fue reteniendo ese líquido amargo y viscoso, de manera tal que se rebozó y fue subiendo hasta llegar hasta al tubo digestivo. El estómago, al sentir que algo le estaba cayendo, no importando de donde viniera, se empezó a dilatar e inmediatamente se puso a trabajar. No obstante, ese líquido era tan amargo y tan fuerte que su zumo subió hasta el paladar, y los dientes se comenzaron a corroer, y la saliva a secar, y la lengua no lograba hacer ningún movimiento, ni siquiera de expulsión, pues parecía como si estuviera pegada al suelo bucal. 
 
»El asunto llegó a su punto álgido cuando el estómago se contrajo, porque el líquido digestivo y los gases chocaron. El dolor fue tan agudo que —¡por fin!— despertó al cerebro de los sueños imaginarios con los que se consolaba durante la huelga, acerca de cuando todos juntos degustaban esos ricos platos, tan suculentos que hasta los dedos eran relamidos por la boca. Entonces, con una idea fija, el cerebro comenzó a alertar a todo el cuerpo: «¡Busquemos algo qué comer o me muero! ¡Busquemos algo qué comer o me muero! ¡Busquemos algo qué comer o me muero!». Era como un grito desesperado que conmovió hasta la piel, que se erizó y hasta cambió de color. Así que el cuerpo se levantó, y los ojos se movían desesperados, y la boca se volvía agua, de solo imaginar el banquete que se iban a dar. De esa manera, todos empezaron a trabajar por ese único propósito, entendiendo que eran miembros los unos de los otros y dependientes los unos de los otros. Cada quien velaba, y casi rogaba que cada uno hiciese la función que le correspondía, para que todo volviera a la normalidad y pudieran sentirse todos mejor. Y así ocurrió». 
 
«Zapatero a tus zapatos», dice un refrán que aconseja que cada cual se deba limitar a ocuparse de su propia actividad o de lo que entiende, a fin de no entorpecer el trabajo del otro. Por tanto, bien podríamos concluir esta breve alegoría con la lección aprendida: «La unión en el rebaño obliga al león a acostarse con hambre». Sin duda, la unión hace la fuerza. Esto fue solo una fábula, pero la misma nos instruye que cuando una unidad se niega a trabajar en el todo, este se afecta y la unidad por sí misma, también se ve impedida de cumplir o hacer alguna cosa. El todo no es todo si una parte no está implicada en él. Por tanto, podemos ver lo complicado y lo difícil que es para Dios —hablando en términos humanos— completar ese todo. Dios es poderoso, y lo puede y lo va a hacer, pero si analizamos la cuestión profundamente, vemos lo complejo que puede ser. Si Dios tiene cien personas en tal lugar, en las cuales él quiere ser el todo, tiene que unir todas esas unidades. Pero sucede que hay cinco que no entienden ni quieren participar, entonces ya no puede haber un «todo». Es por eso que Dios necesita tu corazón y tu voluntad entregados total y voluntariamente a él para cumplir su propósito. 
 
El todo no es todo si una parte 
no está implicada en él 
 
Hay un gozo, una paz que sobrepasa todo entendimiento, al ser participantes del todo de Dios, pero hay que saber funcionar en él. Para que funcione, cada unidad debe tener un mismo pensamiento, por eso se habla de una sola fe, un solo Señor, una sola esperanza, un solo Dios y Padre de todos que es sobre todos, por todos y en todos. Si la iglesia tuviera tres esperanzas y tres fe, y tuviera siete vocaciones, entonces fuera un caos, una anarquía, pues los miembros estuvieran divididos de acuerdo a sus énfasis e intereses. Pero Dios no está dividido, por eso es que él, en ese proceso que está obrando en nosotros, quiere conquistarnos por completo. 
 
A Jesús le costó tres años y medio intensivos, y luego continuar a través del Espíritu Santo, para reunir a ciento veinte individuos en el todo de Dios. Los ciento veinte del aposento alto eran unidades, cada una de las cuales tenía una idea diferente, una aspiración diferente, un concepto diferente acerca del reino de los cielos. Por tanto, era necesario reunirlos en una unanimidad, a fin de que todos fueran a predicar una misma cosa: un Señor, una fe, una esperanza, una vocación, un solo Dios y Padre de Todos. Eso no ha sido ni es una tarea fácil. Por eso, hermano mío, tengo que aprender a trabajar dentro de ese todo y entender lo que es un todo, para saber cómo me muevo y funciono en él. Por ejemplo, pensemos en el altar, en la plataforma donde se ubican los cantores en la iglesia. Si hay siete músicos allí, pero no hay armonía, pues unos creen que deben empezar en Do, otros en Re y otros en Fa, sería un caos, no saldría música, sino ruido. Aquel que esté a cargo de la dirección sería el que se vería peor, pues es el responsable de dirigir todo ese asunto. Así de serio es el ministerio del Espíritu Santo en la tierra. 
Cuando entendemos esta verdad, nos hace amar más a Dios y entender cuánto le costó a Cristo lograr el propósito de la redención, para que Dios sea el todo, y entonces valoramos el trabajo del Espíritu Santo, por la paciencia que ha tenido con nosotros por veinte siglos.
 
Juan Radhamés Fernández

El pastor Fernández ha realizado su ministerio radial y televisivo “Voz de Restauración”, trayendo mensajes de restauración, consolación y exhortación al pueblo de Dios, localmente, en el área tri-estatal (Nueva York, Nueva Jersey y Connecticut), y alrededor del mundo, en los países hispanohablantes. De igual manera, en su misión apostólica, ha sido enviado por Dios a ministrar la Palabra del Reino de los Cielos a iglesias y ministerios a lo largo de Estados Unidos, el Caribe, Sur América y Europa.

Comenzó su ministerio pastoral en 1979, y desde 1986, junto con un gobierno de 17 ancianos establecidos por Dios, pastorea el ministerio “El Amanecer de la Esperanza”, en el condado del Bronx, en la ciudad de Nueva York.

Asimismo, es autor de tres libros donde se han plasmado las experiencias, enseñanzas y revelaciones que Dios, a través de su trato ha tenido con él, tanto en el área personal como en su vida pastoral y comunitaria. Sus obras: “Manual de la Vida en el Espíritu”,  “Para que Dios sea el Todo en todos” y "La Honra del Ministerio".

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