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Jueves, 26 Abril 2018 21:47

“Vivimos en una cultura cada vez más victimista”

  • Michael Ramsden, ponente del próximo Fórum de Apologética, analiza la situación del cristianismo y su influencia en la Europa actual. “La gente necesita ver que existe una contribución vital y única a través del Evangelio”
Escrito por Radio Televisión Vida

Michael Ramsden, director internacional de RZIM y director adjunto del OCCA (centro de Oxford de apologética cristiana) será uno de los conferenciantes en el próximo Fórum de Apologética que tendrá lugar en España. Hablando con Evangelical Focus, el apologeta analizó los retos de una Europa que cada vez está más secularizada, en la cual hay un choque entre la caída de cristianismo nominal y un nuevo acercamiento a la fe cristiana que surge entre jóvenes. Ramsden ha hablado con estudiantes, empresarios y políticos en muchos países.

Está convencido de que los cristianos deberían aprovechar cualquier oportunidad para responder a preguntas difíciles de los no creyentes. “Necesitamos compartir el Evangelio a través de las preguntas que nos hacen los demás”, comenta.

En un contexto social donde hay una nueva “cultura victimista” que provoca más polarización y división, la Biblia tiene mucho que decir sobre la reconciliación, cree.

Pregunta. Michael, te criaste en Oriente medio. ¿Cómo te ha ayudado eso a entender mejor algunas de las relaciones entre oriente y occidente, además de los conflictos tales como la actual crisis de refugiados o el terrorismo islámico?

Respuesta. Creo que ha sido muy útil por al menos dos motivos. En primer lugar, en Oriente Medio es muy importante el tema de la hospitalidad. Cuando eres el invitado en el país de alguien, se te honra en gran manera. Quieren tratarte con un respeto especial y extender su hospitalidad hacia ti, lo cual incluye la comida. Al estar sentados alrededor de la mesa, se habla de todo: del sentido de la vida, de política, de religión… De todo. Incluso si no se está de acuerdo, se encuentra una forma para llevarlo lo mejor posible. Me pareció interesante. Cuando llegué a Europa por primera vez, me fijé en que la gente se mostraba muy nerviosa al hablar con personas de Oriente Medio. Pensaban: “No le puedo hacer preguntas o hablar de esto o de aquello, ya que quizás le ofende y le pongo en un compromiso”. Es por eso que muchos europeos piensan que para ser educados y aceptar a los demás es mejor no hablar de ciertos temas. Tanto si provienes de Oriente medio como de otra parte, contrario a lo que se piensa, esa actitud es totalmente irrespetuosa. “¿Por qué dices que no estás preparado para hablar sobre estos temas? ¿Crees que no merece la pena hablar conmigo?”. La falta de hospitalidad y de conversación no se toma como un gesto amable o de “dar espacio”, sino que en realidad se interpreta al revés, más bien como algo bastante negativo.

Creo que ese es el error que hemos cometido en algunos lugares de Europa. El otro tema es que tenemos que preguntarnos por qué hay gente en Europa que se plantean unirse a grupos radicales como el Estado Islámico (Daesh) y luchar con ellos. Parte de la respuesta es que en Europa ya no sabemos qué es lo que defendemos y dónde nos posicionamos. Cuando te comprometes con algo, significa que estás tomando una decisión moral, te comprometes con algo que marcará una diferencia.

Y cuando grupos como el Daesh se romantizan en la mente europea, los jóvenes piensan: “Esta gente está luchando por algo, creen en algo, están dispuestos a actuar en consecuencia”. Y entonces se comprometen con eso, porque para ellos no hay otra cosa que les comprometa de esa manera. Creo que eso provoca que los que estamos en Europa nos hagamos una pregunta importante: ¿Con qué estamos pidiendo a los demás que se comprometan? ¿Qué defendemos? ¿Y qué estamos dispuestos a hacer para marcar una diferencia? Hay una falta de desafío, el cual debería venir del Evangelio. A veces decidimos no arriesgarnos porque tememos complicarles la vida a los demás. Si hay una falta de voces contrastadas, la gente se comprometerá con otras. Y como ya sabemos, eso puede terminar siendo un desastre.

P. Estadísticas recientes citadas en el periódico The Guardian muestran que más del 70 % de los jóvenes de países como la República Checa, Suecia, Holanda o incluso el Reino Unido afirman que “no tienen religión”. Stephen Boulivant, profesor de Sociología de la religión, comenta lo siguiente: “Dentro de 20 o 30 años, las iglesias populares serán más pequeñas, pero las personas que sigan ahí estarán muy comprometidas”. ¿Crees que dentro de poco presenciaremos el final del cristianismo nominal o tradicional en Europa?

R. Estoy absolutamente convencido de que la creencia nominal de Europa acabará desmoronándose. Ya no hay motivo para creer en ella. Antes, la creencia nominal venía por el hecho de que para ser socialmente aceptable y ser considerado una buena persona tenías que ir a la iglesia. Aunque no lo disfrutabas, ibas igualmente. Pero esto es algo que está desapareciendo progresivamente. En la actualidad, la forma con la que se había definido la moralidad (que era yendo a la iglesia), se ve como algo malo: da la impresión que eres alguien intolerante e ignorante.

La ventaja cultural de ir a la iglesia ha desaparecido de forma significativa en muchos lugares, creo que Stephen Boulivant está en lo cierto. Por otro lado, aunque la cifra ha disminuido, las últimas veces que he dado conferencias por Europa, donde se cuenta con líderes de diferentes países, todas las personas con las que he hablado han mencionado lo de ver a jóvenes convertirse en cristianos. Tampoco son cifras exageradas, no hablamos de decenas de miles, pero lo que reconforta es que es un fenómeno uniforme. No hay países que dicen que “sí” y otros que “no”. Incluso en nuestra experiencia en España, cuando hicimos la conferencia juvenil Reboot, hubo que gente que respondió y que pensó: “Pues en realidad quiero ser cristiano”. Mi esperanza es que esos brotes de abrir los ojos y de tener una mente abierta en algunas generaciones jóvenes termine floreciendo en algo mucho más grande y que marque una diferencia real en los corazones y mentes de muchas personas. Soy algo más optimista en ese sentido.

 

 

P. El tema del Fórum de Apologética este año es “Ser influenciadores en una sociedad actual”. ¿De qué manera, como cristianos, nos diferenciamos de los demás influenciadores de esta sociedad?

R. Gran parte de lo que se influencia en Europa actualmente es mediante el poder. Hay mucha persuasión política, la cual intenta hacer que la gente crea en una excepción o otorgue permiso para hacer cambios. Muchas cosas se hacen a través de un movimiento popular con poder o a través de algún ejercicio poderoso que busca conseguir algo. No obstante, la influencia cristiana es distinta. Viene fundamentalmente de servir a los demás, lo cual se puede ver en los inicios de la iglesia cristiana, cuando aún no tenían poder político ni ejercían ningún tipo de influencia. Por aquel entonces incluso estaban perseguidos por la administración romana. Se trataba de ser muy claro con el mensaje y tratar directamente todas las preguntas difíciles, aunque también se era muy claro con la pertenencia cultural (en cuanto a servir a otros). La iglesia estaba muy comprometida con el hecho de servir, dio su vida para servir a personas a las que intentaban alcanzar, lo cual trajo como resultado un gran cambio en el imperio romano. De repente, lo que se había perseguido y ridiculizado se recibió con los brazos abiertos y se popularizó.

Necesitamos redescubrir un poco más ese relato. Necesitamos admitir la legitimidad de algunas de las preguntas y objeciones que presentan los demás. En vez de verlas como una amenaza a nuestra fe, deberíamos verlas como una oportunidad para hablar de ella. También necesitamos pensar lo que significa vivir y servir en esta cultura de forma que podamos cambiar y transformar de verdad.

 

P. Hablas también acerca de la integridad en la vida pública. Quizás algunos cristianos jóvenes piensan: “Quiero dedicarme a la política”, pero se dan cuenta de que es difícil ser alguien honrado en ese contexto. ¿Cómo formar a jóvenes para ser luz en esas áreas de la sociedad?

R. Antes que nada, tenemos que ayudar a los cristianos a ser sabios. Tenemos que ayudar a los demás a ver que, en realidad, el tema de la integridad es fundamental para la vida y la sociedad. La integridad es ese sentido de sentirse pleno e integrado. Pero la mayoría de gente siente que viven una existencia muy dividida, incluso sin ser cristianos: tienes que ser alguien concreto en tu trabajo, otro en tu familia, otro con tus amigos… Nos sentimos divididos en diferentes áreas. La mayoría de gente empieza con un deseo de ser admirado. Especialmente los jóvenes, hace unos 30 o 40 años cuando empezaban a trabajar (y también en política), soñaban con ser admirados y respetados por la forma con la que vivieron y condujeron sus vidas. Pero su experiencia muestra lo siguiente: “cuanto más voy avanzando en mi vida, más tengo que ceder cosas y dejar de lado otras tantas que hacen que no me sienta integrado. Siento como que mi corazón está totalmente dividido”.

Lo primero que hay que hacer es aprovechar ese deseo de vivir de forma íntegra y correcta. Puede que nos vayamos volviendo más cínicos a medida que vamos envejeciendo, pero tenemos ese deseo en nosotros. El otro factor que debemos tener presente es que la fe cristiana incluye mucha compasión. En nuestra cultura creemos que la convicción (lo que creemos que está bien o mal) va en contra de la compasión. Pero tenemos que demostrar que, en realidad, la convicción y la compasión van cogidas de la mano. Puedes tener convicciones y creencias firmes, pero al mismo tiempo puedes ser compasivo en la forma con la que te implicas o respondes a los defectos. Necesitamos ayudar a que la gente piense de forma más sofisticada sobre ese tema y ayudar a que la iglesia recobre su voz pública. De esa forma, cuando se hable de integridad no parecerá que estamos siendo moralistas ni diciendo a los demás que lo están haciendo mal. Debemos encontrar una manera de hablar sobre la integridad de forma positiva y que inspire a los demás. Lo increíble del Evangelio cristiano es que incluso cuando nuestra integridad falla, hay una restauración y existe una forma de volverse.

 

 

P. ¿Está nuestra sociedad preparada para dejar que los cristianos expresen sus creencias y su voluntad de servir en un contexto donde el ateísmo ha contribuido a que se elimine la religión de los espacios públicos?

R. Creo que por toda Europa tenemos que cargar con la presuposición de que si tienes razón, eres inteligente y además capaz, por definición tienes que ser ateo o agnóstico. Hace poco estaba hablando en un lugar muy distinto, en Las Bermudas. Conocí a muchísima gente allí. Un 1,5 % de la población asistió a los eventos, lo cual es muy significativo. Lo que fue interesante fue la gratitud de ateos y agnósticos que vinieron, y nos decían: “El tema que estáis tratando es muy importante, y las preguntas que estáis haciendo son absolutamente fundamentales. No teníamos ni idea de que la fe cristiana tuviera una respuesta tan buena y entendimiento sobre estos temas”. Por lo tanto, si vamos a restaurar algunas de esas áreas públicas, la gente necesita ver que existe una contribución distinta, única y vital que se lleva a cabo a través del Evangelio y que marca una gran diferencia en cada una de esas áreas.

La gente normalmente piensa que la integridad es un añadido opcional, que solo lo haces si te puedes permitir ser moral. Pero incluso en las economías donde la mafia está en el centro, si formas parte de esa organización, crees en la integridad. No puedes mentir, hacer trampas o robar a la "familia". Si es fuera de la familia, puedes hacer lo que quieras, pero dentro, tus compromisos éticos y morales son absolutos. Así que la pregunta no es “¿Hay algún círculo donde se aplique la moral?”, sino “¿Cómo de grande es ese círculo?”: ¿El círculo soy solo yo? ¿La familia? ¿Mi ciudad? ¿Mi empresa? ¿Mi país? ¿Es Europa? ¿Lo es el mundo? Una vez que la gente empieza a entender que algunas de estas cosas no son opcionales en la vida, sino necesarias, entonces la siguiente pregunta es: “¿De dónde viene esta moral?”, “¿Por qué solo la extiendo a algunas personas y no al resto?”. Y “¿qué significa para mí realmente?”. Eso es cuando la gente en la vida pública dice: “Espera, estas preguntas son muy importantes”. Es en estas cosas que el Evangelio empieza a cobrar importancia. Necesitamos recuperar un poco de ese relato antiguo, especialmente en la imaginación europea.

 

 

P. El año pasado, en 2017, fue definido por expertos como el “annus horribilis” de las redes sociales. ¿Cómo podemos ayudar como cristianos a traer reconciliación en este contexto de polarización?

R. A medida que viajo por el mundo, cada vez más gobiernos y empresas me piden hablar de la reconciliación antes que cualquier otro tema. Eso nos da una pista sobre el mundo en el que vivimos. Eso es cierto para Europa, pero también en Oriente medio, Asia, América, etc. Nuestra cultura ha cambiado sus fundamentos. En el pasado se solía hablar de honor en nuestras culturas. En una cultura del honor se respeta y admira un liderazgo que actúe con honor y que lo defienda. Así que si me atacas, te respondo para defender mi honor. De esta manera me gano respeto y estatus.

Podríamos contrastarlo con una cultura de la dignidad, en la cual no necesito defender mi honor, sino que lo importante es esperar ser tratado con dignidad y responder de la misma manera. Si alguien me ataca y me critica, puedo decidir no decir nada públicamente. Puede que vaya por mi cuenta a hablar personalmente con esa persona e intentar hacer las paces, y eso se vería como una respuesta dignificada. Se me respetaría por eso, la gente lo admiraría y lo aplaudirían. En cambio, actualmente vivimos en una sociedad cada vez más victimista. En una cultura así, todo el mundo siente que está definido por todo lo malo que les ha pasado o que les está pasando en estos momentos. Todos buscamos ser parte de un grupo que tenga un estatus especial por todo el sufrimiento y dolor que hemos experimentado.

Así que nos aferramos a la ofensa porque nos ayuda a definirnos. En una cultura victimista es muy fácil acabar pensando cosas como: “Todo lo que yo hago está movido puramente por amor, pero lo que tú hagas, si conlleva que no estés de acuerdo conmigo, solo puede significar que está motivado por el odio”. En cuanto esto se convierte en la narrativa cultural, el desacuerdo se interpreta como odio. Entonces empezamos a hablar de crear lugares seguros, y muchos en la cultura piensan: “No puedo decir esto o estar en desacuerdo con esto otro, porque si lo hago se me tomaría como alguien que odia a los demás y no quiero que me acusen de eso”. Eso, no obstante, genera un gran problema, que es que no llegamos a hablar de lo que nos divide, y como creemos que todos los que estén en desacuerdo con nosotros en realidad nos odian, justificamos el sentir odio hacia ellos como respuesta. Entramos así en un círculo eterno de quejas y acusaciones: “Me hiciste eso”, “No, pero tú me hiciste aquello otro antes”, y ansiamos encontrar y señalar al culpable del crimen más grande. Esto hace que la reconciliación y el perdón se vuelvan prácticamente imposibles. Hablaremos de esto con más detenimiento en la conferencia, porque se está convirtiendo en una de las narrativas culturales más importantes de Europa. Una vez más, el Evangelio tiene algo muy importante que decir acerca de esto.

Tenemos que aprender a perdonar, pero ¿cómo perdonamos como es debido si realmente nos sentimos agraviados, o afectados profundamente por una pérdida, o con un profundo dolor, o cuando sentimos que ha habido una injusticia? ¿Cómo nos aseguramos de que eso no desencadene violencia? Ahí es cuando el poder y el tipo de restauración que proviene del Evangelio es absolutamente fundamental en cualquier sociedad. De entre todas las personas, los cristianos deberían ser los que tienen más esperanza. La última vez que hablé con líderes políticos europeos me dieron a entender que son conscientes de este cambio en la cultura, pero no están seguros de cómo responder a eso. Yo creo que en Cristo y a través de él hay una respuesta única que podemos aportar.

 

 

P. Los informes de movimientos estudiantiles cristianos, como el de IFES (GBU en España), muestran cada vez hay más estudiantes no cristianos que acuden a eventos organizados por estudiantes cristianos, mucho más que antes en las últimas décadas. ¿Qué está cambiando en las universidades?

R. Uno de los factores es que, como sabemos que el número de cristianos en Europa es reducido, nos hace unirnos más en apoyo y oración. Por lo tanto, aprendemos a trabajar juntos y también nos volvemos más dependientes de Dios. Eso marca una gran diferencia. En segundo lugar, nos damos cuenta de que tenemos que responder a las preguntas difíciles que se encuentran en nuestra cultura. No podemos obviarlas. Incluso si queremos hablar de algo diferente, en cuanto se abra el turno de preguntas la gente preguntará sobre lo que realmente quiere escuchar.

Lo que está empezando a ocurrir es que, a medida que reflexionamos mejor sobre algunos de esos temas, nos damos cuenta de que en realidad tenemos algo que decir que marca la diferencia. Los no cristianos entonces se sorprenden de que estemos preparados para responder a sus preguntas. La manera en la que descubrimos si algo es cierto es preguntando muchas preguntas de formas distintas. Si yo estoy diciendo la verdad, tú tendrías que ser capaz de formular la pregunta desde perspectivas diferentes y aun así mis respuestas deberían tendría sentido.

Si todo encaja, tú diras: “¿Sabes qué? Quizás eso es cierto y marca una diferencia”. Creo que la voluntad de los estudiantes universitarios en la actualidad de cualquier parte del mundo –y también en el contexto empresarial y político-, da a entender lo siguiente: “Mira, puedes preguntar lo que quieras, nosotros nos esforzaremos en darte una respuesta con sentido y fundamento”. Eso sorprende a la gente y hace que quieran saber qué más tienen que decir, y qué es lo que dice la Biblia al respecto. Da pie a que se abra una puerta. Esto debería animar a todos los cristianos a que sean un poco más directos y que no teman decirle a la gente: “Por favor, hacednos preguntas, transmitidnos esos temas que os preocupan, traednos todo aquello que os esté dificultando vuestra vida”. Si hay gente ahí, podremos empezar desde ese punto y conducirles hacia la esperanza que tenemos en Cristo. Necesitamos aprender a hablar del Evangelio sin evitar las preguntas de la gente, sino más bien aprovecharlas y compartirlo a través de ellas.


FUENTE: Protestante Digital (27-04-2018)

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